LA BRÚJULA

La esposa del mexicano

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Capitán Nemo

Independientemente del estado civil con que una mujer en México se integra en pareja con un hombre, adquiere la responsabilidad de esposa, comparte la suerte de su compañero y se convierte en su aliada en un escenario económico tan complicado que la lleva a realizar una proeza en el cumplimiento del compromiso de que “lo que une Dios no lo separe el hombre” y del dicho de que “no solo de pan vive el hombre”, pues a partir de esa unión tiene que aprender que sin el pan difícilmente se puede sobrevivir, pese a que el precio de los alimentos básicos se ha ido a las nubes, los empleos son sumamente escasos y mal pagados y que siempre está latente la certeza de aquel otro dicho que advierte que “cuando la pobreza entra por la ventana el amor sale por la puerta”.  

Pero las mujeres mexicanas fueron educadas para no claudicar a la primera y por ello es de reconocer su laboriosidad y empeño por preservar a sus familias, en cuyos hogares los agobios sin duda serían mucho mayores sin su instinto de unidad y conservación afectiva, pieza clave en el funcionamiento familiar.

Es cierto que éste ha ido cambiando, pero el importante papel que la mujer ocupa en la familia no ha cambiado. Si partimos de que el país transitó de una economía rural ligada a las actividades agrícolas, donde los núcleos parentales transcurrían en la monótona y apacible vida en el campo, donde las actividades productivas de la parcela requerían de los hijos y aun de la esposa y era normal que aquéllos fueran muy numerosos pues el predio necesitaba de los brazos de todos. Esto creaba no solo fuertes lazos interfamiliares sino también dentro de las comunidades, en las que todos convivían. Los padres veían a sus hijos crecer y casarse, y éstos a sus padres envejecer.

La industrialización del país vino a terminar con la idílica vida familiar, pues ésta se movió al ritmo de las máquinas y del cambio económico. Familias enteras se trasladaron a la ciudad, donde primero comenzaron a peregrinar en los cuartuchos de vecindades y con el tiempo algunas lograron acomodo en los lomeríos para construir hogares propios muy humildes y convertir el entorno de las metrópolis en ciudades-dormitorio.

Allí, en las cartolandias, en el lodo y en la inmundicia, las nuevas familias obreras dejaron atrás su pasado campesino y se dispusieron a conquistar la vida de la ciudad. En ese nuevo hábitat la mujer fue nuevamente el centro de cohesión que logró con éxito multiplicar la prole para las fábricas. Y las familias antes numerosas se fueron reduciendo gradualmente en la medida que ya no era necesario que fueran tan grandes.

Además, movidos por el escaso desarrollo industrial, las actividades familiares que eran tan cotidianas, se fueron haciendo cada vez más lejanas, y ni pensar en la convivencia dentro las fábricas, pues en la especialización de los operarios se pierde cualquier lazo de amistad. Y si a ello se agrega ahora la escasez del trabajo, los obreros pasan gran parte de su tiempo trasladándose a sus centros de labor o, peor aún, emigrando cuando no lo encuentran en sus colonias.

Otro escenario cada vez más frecuente es aquel en el que la mujer se incorpora al mercado de trabajo, porque el ingreso de un solo miembro es insuficiente para sostener un hogar, lo que propicia un giro totalmente contrario a la unidad familiar, pues hay hogares donde los dos padres se encuentran trabajando y los hijos prácticamente crecen solos. 

Pero la mujer no se ha desentendido por completo de esta responsabilidad, pues sigue siendo el pilar en su familia y es capaz de reunir nuevamente a sus dispersos miembros y confortarlos con el cariño necesario para que vuelvan a la batalla diaria y se ganen el pan de cada día.

Por ello es indispensable reconocer el papel trascendental que la esposa mexicana tiene en la integración y conservación de la familia, pues no solo desempeña su rol de mujer como procreadora de hijos, sino que también es la consejera, la amiga en los momentos difíciles, la cuidadora y protectora de los miembros de la familia; la que le da unidad y consistencia al hogar y la que, en muchos casos, realiza una doble jornada de trabajo pues labora fuera de su hogar y cuando llega a éste cumple con sus responsabilidades de madre, ama de casa y esposa.

La difícil situación actual por la que atraviesa el pueblo mexicano hace necesario nuevamente la fortaleza de la mujer para que se convierta en la compañera fiel en la lucha impostergable por construir un país mejor. En esta nueva tarea, sin duda, no solo será la compañera, sino la madre que con su ejemplo y su tenacidad anime a los hijos a emprender una lucha que apenas comienza.