TRIBUNA POÉTICA

Petronio, crítico de la decadencia romana
Segunda de dos partes

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Tania Zapata Ortega

La crítica no ha clasificado completamente El Satiricón; hay en ella novela, historia maravillosa, poema serio y parodia en verso, crítica literaria y caricatura bufonesca y en él se alternan el lenguaje literario tradicional, el latín hablado por los romanos cultos y todas las variantes del lenguaje popular, incluso el que se oía en las ciudades marítimas mitad griegas.

No es Petronio el inventor del género satírico (Horacio había ya publicado sus Sátiras )pero su intención sarcástica, bajo una superficie abiertamente sensualista, divertida e irónica le ha granjeado con justicia el título de padre de la picaresca; su retrato del bajo mundo italiano de su tiempo convierte en demoledora su crítica social. Cuando, bajo pena de ser llevados a juicio, los personajes de la novela son obligados a comprar una prenda en la que habían escondido su dinero, Eumolpo sentencia:

¿Qué pueden hacer las leyes allí donde la pobreza jamás conseguirá triunfar por ser el dinero el que domina? Hasta los filósofos que ves cargados con la mísera alforja de los cínicos y que parece que por nada ni por nadie cambiarán su frugalidad y su indiferencia, ante la riqueza suelen dar la verdad por buenas monedas. Asimismo la justicia no es sino una mercancía pública y el caballero que preside la causa no se ocupa sino de aprobar la venta.

En medio del banquete, Trimalción se burla de los filósofos que deploran la fugacidad de la vida mientras manipula teatralmente un esqueleto comestible:

¡Ay, pobres de nosotros! ¡Fugitivo, débil, nada es el ser humano! ¡Cómo esto seremos todos cuando el Orco nos arrebate! Disfrutemos, pues, los efímeros y cortos instantes de nuestra existencia.

Después de un lance en que han sido rapados, Eumolpo lanza esta arenga de gran belleza en torno a la calvicie como precursora de la vejez y de la muerte:

El más precioso ornamento de nuestra belleza, nuestros cabellos, han caído; el triste viento del invierno ha arrebatado nuestro follaje primaveral. Y ahora, desprovistas de su grata sombra, nuestras frentes están de luto y nuestros rapados cráneos, abrasados por el sol, parecen satisfechos de su calvicie. 

Y al verse abandonado de su amante, el mancebo Gitón, caracteriza así a los amigos:

La amistad es una palabra que dura lo que dura su utilidad; es como la ficha de juego que va y viene empujada por la suerte sobre el tablero. Mientras la fortuna nos sonría, nos hacen, ¡oh, amigos!, buena cara. Pero en cuanto nos abandona, ¡ah!, entonces nos vuelven la espalda y huyen cobardemente. La compañía representa en la escena la obra; uno hace el papel de padre, otro el de hijo, el tercero se las echa de rico. Pero cuando la cortina cae tras los últimos gestos, la naturaleza de cada uno reaparece al desaparecer la farsa.

Su crítica a una sociedad decadente le valió la admiración de otro grande, Shakespeare, quien retomó como divisa para el teatro The Globe la frase de Petronio: Totus mundus agit histrionem (todos somos actores). En uno de los numerosos lances en que Encolpio lucha por remediar la impotencia sexual que le aqueja, causa de sus muchas desgracias, y admirado al ver como una vieja curandera prepara en su mísera choza un remedio para ayudarle, declara:

La pobreza es la madre de la industria y muchas artes deben su invención al hambre.

Y frente a los reproches por haber matado un ganso “sagrado” en defensa propia, arenga sobre el mágico instrumento que es el dinero para ablandar voluntades y lograr que se perdonen los peores crímenes:

Todo el que tenga dineros navegará siempre empujado por los mejores vientos y siempre cuanto toque le saldrá bien. Si le place se casará con Dánae o si se empeña camelará a Acrises mismo con no menos fortuna que a su hija. Si poeta o declamador, hará entusiasmarse a su auditorio; si abogado, brillará más que Catón; si jurisconsulto, a su disposición tendrá siempre los “Resultados y Considerandos” y valdrá por todos los Servos y todos los Labeos. Pero aún diré más: lo que quieras, si lo quieres con el dinero en la mano, ello vendrá. Una caja de caudales es capaz de contener entre su oro al mismo Júpiter.

Durante largo tiempo fue Petronio maestro de ceremonias, Arbiter elegantiae, dictando las normas del buen gusto en la corte de Nerón; Cónsul del César en Bitinia (hoy Izmit, Turquía) hasta que, envidioso de su familiaridad con el emperador, Tigelino le calumnió vinculándolo a la conjura de Pisón.

Cuenta la leyenda que, sabiendo que iba a morir, se abrió las venas para sellarlas de nuevo, a fin de que su muerte fuera lenta; acto seguido conversó de temas frívolos con sus amigos, premió y castigó a sus esclavos y escribió una carta a Nerón en la que detallaba todos sus vicios y vergüenzas. El polaco Henryk Sienkiewicz, en su famosa novela Quo Vadis, llevada a la pantalla grande por Mervyn LeRoy, alude a esta misiva póstuma:

No creas, te lo ruego, que me ha herido profundamente el que asesinaras a tu madre, a tu mujer y a tu hermano; que me he indignado porque incendiaras a Roma y enviaras al Erebo a todos los ciudadanos honrados de tu imperio; no, amadísimo nieto de Cronos: la muerte es el fin natural de todos los seres y no era dable esperar de ti otras proezas.