REPORTAJE INTERNACIONAL

EE. UU. superpotencia de escándalo

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Nydia Egremy

Donald John Trump, el 45º presidente de Estados Unidos (EE. UU.), personifica a la superpotencia mundial. Sin embargo, lejos de honrar tan alta investidura con sensatez, discernimiento y visión estratégica, insiste en obrar como lo que es: un veleidoso y arrogante multimillonario.

El magnate encarna una presidencia involucrada casi a diario en altercados, torpezas y provocaciones que despiertan inquietud sobre el futuro de su país y del planeta en los tres años que restan a su mandato. El mandatario concluirá este año con el menor índice de aceptación y bajo la investigación de los comités de Inteligencia del Congreso y un fiscal especial. Con él habrá más sobresaltos en 2018.

El vocablo ‘escándalo’ proviene del latín scandâlum y del griego skándalon, que significa “piedra con la que se tropieza”. Según el diccionario de la Real Academia Española, esa palabra se asocia al asombro y pasmo que suscitan hechos o dichos condenables, que causan indignación y gran impacto públicos.

Y sí, el escándalo es el sello de la presidencia de Donald Trump. Al rechazar groseramente lo que no coincide con su idea del mundo, el Ejecutivo estadounidense exhibe su falta de oficio en el quehacer político y en el arte del “tejer fino”. Está a una distancia abismal de lo que debe ser un estadista.

Escandalosa ha sido su descalificación al trabajo de las agencias de inteligencia del país que comanda y su rechazo a periodistas que lo cuestionan. Escandaloso es su afán por destruir el tibio legado democrático de su antecesor.

En cuanto asumió el cargo, firmó su primera orden ejecutiva para desmantelar la política de salud de Barack Obama y, enseguida, estampó su firma en otra orden ejecutiva para retirar a Estados Unidos (EE. UU.) del Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP). Y escandaloso fue que, sin importarle la desesperación de los nativos estadounidenses, signara la orden ejecutiva que relanzó la construcción del oleoducto Keystone XL y Dakota Access.

También provocan pasmo y asombro las crisis diplomáticas que el presidente de la superpotencia mundial ha desatado, tanto con aliados como con adversarios, así como su abierto favoritismo por los sectores armamentista y energético, además de su rotunda islamofobia.

Para infortunio nuestro, su xenofobia y afán protagónico alimentan la idea de que por la vía de la humillación socio-política y la asfixia económica-financiera, solucionará de tajo los problemas que –afirma– le ocasiona a EE. UU. su vecino del sur: México. Por tanto, mantendrá una política bilateral de escándalo.

Frente legal
La Casa Blanca hospeda hoy a un presidente que inspira poco respeto y confianza en la mayoría de estadounidenses y en el ámbito global. Ese rechazo a Donald Trump lo ha llevado a librar una tenaz lucha contra las Cortes donde se lo investiga y ha sido demandado por diversas causas: la sospecha de la presunta influencia de una potencia extranjera en su triunfo electoral (Rusiagate); la sospecha de que ordenó al director de la Oficina Federal de investigaciones (FBI) desviar la pesquisa de ese caso y por su política migratoria islamófoba y antimexicana.

La posibilidad de que Trump enfrente un juicio político (impeachment) y su eventual destitución, permea en Washington.

Los demócratas Brad Sherman y Al Green presentaron la iniciativa HR 438 –a la que se unió el republicano Justin Amish– para iniciar el juicio por “obstrucción a la justicia”. El 15 de noviembre, cuando el índice de desaprobación presidencial rompía récord al alcanzar el 59 por ciento, seis demócratas lo acusaron de “violar la Constitución”, “obstruir la justicia” y “violar la cláusula de emolumentos”, por la que ningún funcionario debe aceptar pagos o regalos de otros gobiernos sin autorización, reseñaba The Hill.

La obsesión de la mayoría demócrata por atribuir su fracaso en la elección presidencial a factores externos, está detrás de la llamada “trama rusa”. El triunfo de Trump trastocó el mundo conocido de las fuerzas políticas pseudoliberales, por lo que idearon la estrategia de obstruir la presidencia del magnate. Para lograrlo han alentado controversias entre la Casa Blanca y medios corporativos a fin de asentar la percepción de que el empresario obtuvo la presidencia gracias a Rusia.

En esa narrativa ficticia, dos allegados a Trump han sido sometidos a arresto domiciliario. Uno es el consultor político y cabildero Rick Gates. El otro es su exjefe de campaña, Paul Manafor sobre el que pesan 12 cargos.

Algunos son tan risibles como el de acusarlo de haber recibido 12.7 millones de dólares por asesorar al exprimer ministro de Ucrania Viktor Yanukovich. La vocera de la cancillería rusa debió aclarar que las acusaciones confunden a la exministra ucraniana Yulia Timoshenko con Yanukovich. Ambos se han declarado no culpables.

El magnate-presidente también enfrenta la demanda de 16 fiscales generales contra su decisión de finalizar el programa de protección a unos 800 mil inmigrantes indocumentados que llegaron al país siendo menores de edad. Con ello expone a la deportación a miles de mexicanos, quienes son más del 75 por ciento del DACA (en inglés). Los fiscales de Nueva York, Massachusetts, Washington, Connecticut, Delaware, Distrito de Columbia, Hawai, Illinois, Iowa, Nuevo México, carolina del Norte, Oregon, Pennsylvania, Rhode Island, Vermont y Virginia, sostienen que Trump violó la cláusula constitucional de Igual Protección.

Es por ello que, según el sondeo de la Universidad de Quinnipiac, Connecticut, el 61 por ciento de entrevistados cree que el presidente debe enfrentar ese juicio y salir de la Casa Blanca, si se comprueban los cargos en su contra. El 88 por ciento de los demócratas, el 59 por ciento de los independientes y el 28 por ciento de los republicanos opinan en el mismo sentido.

Frente internacional
El 26 de enero estalló su primera crisis internacional. Tal como prometió en su campaña, firmó la orden ejecutiva para iniciar el proceso de construcción que continuará el muro fronterizo con México. Afirma que México pagará la factura. Ese desplante enturbió lo que sería la visita (reunión de trabajo, según Enrique Peña Nieto) del mandatario mexicano a Washington, quien decidió anularla.

Tras sus primeros 100 días como presidente, Donald Trump rompió la tradición de sus cinco antecesores de hacer su viaje inaugural a Canadá o México y decidió visitar seis Estados: Arabia Saudita, Israel, el Vaticano, Bélgica (Bruselas) e Italia (Sicilia). En noviembre hizo una gira asiática (Japón, Surcorea, China, Vietnam, Filipinas) en busca de apoyo para cercar a Norcorea. Y aunque consideró un “éxito” su gira, fue obvio que el dinamismo político y económico del gigante chino cambió radicalmente su percepción.

Más allá de su desempeño diplomático, la presidencia de Trump tiene un fuerte sello militar. Si bien en su último año en el cargo Barack Obama –Premio Nobel de la Paz 2009– lanzó más de 26 mil bombas sobre siete países, según el Council on Foreign Relations, el huésped actual de la Casa Blanca ha abierto las puertas al complejo industrial militar. Así se observa en su gabinete y en sus decisiones estratégicas.

A solo nueve días de asumir la presidencia, Trump lanzó un ataque contra Al Qaeda en Yemen –planeado en tiempos de Obama– que resultó un fiasco. La misión de las fuerzas especiales se programó para “una noche sin luna”, pero el magnate la ordenó en una noche clara. Resultó una masacre donde murió un soldado estadounidense, 14 civiles y se destruyó un helicóptero de 75 millones de dólares.

El siete de abril, sin autorización del Congreso, ordenó atacar la base aérea de Shayrat, Siria con 59 misiles de crucero Tomahawk; murieron 80 civiles. Justificó el ataque diciendo que fue en represalia a un supuesto embate de fuerzas sirias con armas químicas contra civiles de Jan Shijún. Hasta noviembre no había pruebas de la responsabilidad del gobierno sirio en la aldea. Días después, el 13 de abril, ordenó lanzar “la madre de todas las bombas” contra supuestas instalaciones del Estado Islámico en Afganistán. Esa acción dejó 94 muertos.

Apenas el ocho de noviembre difundió las nuevas restricciones a los viajes de estadounidenses a Cuba y la lista de empresas cubanas que tienen prohibido hacer negocios en la isla. Ese listado incluye hoteles y tiendas de la empresa Habaguanex, la principal en la zona turística de la capital cubana. La cancillería cubana manifestó que esas medidas dañarán la economía del país y sus sectores estatal y no estatal.

Abusos, mentiras y ética
La cadena comercial Nordstrom fue blanco de la ira presidencial cuando decidió dejar de vender la marca de ropa de su hija. En reacción, y en clara violación al código ético gubernamental, Trump usó la cuenta presidencial de twitter (@POTUS) y su cuenta personal para escribir: “Mi hija Ivanka ha sido tratada de manera tan injusta por Nordstrom. Ella es una gran persona, siempre me anima a hacer lo correcto. ¡Terrible!”.

Con igual falta de ética, la exgerente de campaña y asesora presidencial, Kellyanne Conway, instó a adquirir prendas y joyería de Ivanka Trump. En entrevista con Fox News y desde la Casa Blanca, expresó: “Vayan y compren ropa de Ivanka. Voy a salir y comprar algo”.

El presidente multimillonario es derrochador del erario. Solo hasta abril había gastado casi el doble del presupuesto anual que Obama utilizó en sus traslados a la mansión Mar-a-Lago de Florida. Esos múltiples viajes han costado a los contribuyentes estadounidenses más de 20 millones de dólares (por la protección del Servicio Secreto y la Guardia Costera, además de los gastos del Air Force One).

No es banal la pugna que entabló con miembros de la Liga de Futbol Americano (NFL). Por el maltrato discriminatorio que sufren los afromericanos por la policía, los jugadores han optado desde la temporada anterior por hincarse, sentarse o levantar los puños durante el himno nacional de EE. UU.

El 22 de septiembre, Trump criticó a los futbolistas y llamó a los dueños de esos equipos a despedirlos. “¡Despídanlos o suspéndanlos!”, escribió en twitter.
Días después instó a los aficionados a boicotear los partidos de la NFL. En reacción creció el repudio a la actitud presidencial. Incluso el dueño de los Jaguares, Shad Khan, quien donó un millón de dólares a la campaña de Trump. Su amigo y propietario de los Patriotas, Robert Kraft, que donó a su campaña, declaró su “profunda decepción”por las declaraciones de Trump.

Apenas este mes suscitó polémica su crítica a LiAngelo Ball, padre de LaVar Ball, uno de los tres basquetbolistas liberados de China, detenidos por hurto de gafas de sol marca Louis Vuitton. LiAngelo restó importancia al rol del presidente en la liberación de los jóvenes; molesto, Trump espetó: “Ahora que los tres jugadores están fuera de China y a salvo de años de prisión, LaVar Ball no acepta lo que hice por su hijo y que el hurto es gran cosa. ¡Debería haberlos dejado en la cárcel!”.

Atrapado en la ficción
Como si viviera en una realidad paralela, Trump ha inventado un mundo donde solo su versión es verdadera. Apenas tenía dos semanas en la presidencia cuando tensó la relación con su aliada Australia. Reclamó por teléfono al primer ministro, Malcolm Turnbull, no haber sido informado del pacto al que se comprometió Obama para acoger a mil 250 refugiados sirios.

Según Trump, con esa acción Turnbull quería “exportar al próximo atacante de Boston”.
En febrero expresó: “Debemos mantener a salvo nuestro país. Ya ven lo que pasó en Alemania y lo que anoche ocurrió en Suecia”, lo que dio lugar a que el exprimer ministro sueco Carl Bildt escribiera en twitter: “¿Suecia? ¿Ataque terrorista? ¿Qué se ha fumado?”.

Su asesora Kellyanne Conway acuñó el término “hechos alternativos” tras afirmar en televisión que los iraquíes cometieron una masacre en Kentucky, hecho que nunca ocurrió y que inventó para justificar la política islamófoba del mandatario.