LA BRÚJULA

¿Qué vamos a comer?

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Capitán Nemo

En México y en el mundo, la población padece hambre. En su informe sobre seguridad alimentaria y nutrición de septiembre de 2017, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) revela que el hambre en el mundo creció de tal forma que en 2016 afectó a 815 millones de personas y que entre éstas 155 millones de niños reportaron retraso en su crecimiento y otros 52 millones bajo peso.

En el caso de México no andamos mejor ya que, según el investigador Julio Boltvinik, el 50 por ciento de la población se encuentra en la indigencia, es decir luchando diariamente por sobrevivir.

Pese a que desde 2012 el artículo 4º de la Constitución dice a la letra que “toda persona tiene derecho a la alimentación suficiente y de calidad” y que el “Estado lo garantizará”, lo cierto es que este ordenamiento constitucional se incumple.
Hay tres cuestiones importantes que esta legislación subraya: que la alimentación debe ser suficiente, es decir, en las proporciones que el organismo lo requiere; que los alimentos tienen que ser nutritivos y sanos para que no dañen la salud y que el Estado, a través del gobierno, es a quien le toca garantizar este derecho. 

En enero de 2013, el gobierno mexicano, al parecer congruente con la nueva legislación promulgada,  creó por decreto el Sistema Nacional Contra el Hambre, el cual coordina acciones de varias  dependencias de la administración pública para conjuntar esfuerzos y recursos presupuestales para el logro de dicho objetivo.
Sin embargo, el hambre en el país no puede combatirse por decreto.

Y el citado programa no logra cambiar esta penosa realidad nacional porque ésta deriva de la aplicación del modelo económico neoliberal.

Además, el ciudadano común y corriente poco puede hacer para enfrentar el incremento desmesurado de los  precios de las mercancías. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) informó en fecha reciente que la inflación anualizada era de más del 6.59 por ciento, similar a la de 2008. Sin embargo, esta cifra es engañosa porque no revela las penurias que pasan los hogares mexicanos para satisfacer sus necesidades básicas, sobre todo las de alimentación.
Para entender un poco esta cuestión debemos partir del hecho de que la mayoría de los mexicanos tienen ingresos muy bajos (el salario mínimo general es de 80 pesos), que gastan más del 80 por ciento en el consumo de alimentos y que éstos suben de precio hasta volverse inalcanzables.

En este escenario hay otro factor que agrava la situación: que el empleo es sumamente escaso, toda vez que hay cerca de dos millones de desempleados y el 60 por ciento de los empleos que existen son informales, según datos del Inegi.

Por ello la mayoría de los mexicanos caminan con el bolsillo y el estómago vacíos y en cada rincón de la patria la pregunta constante entre las familias es ¿qué vamos a comer?, pues los ingresos son tan bajos e inseguros que buena parte de la población vive al día.

Las equivalencias del salario mínimo con los alimentos muestran su extrema insuficiencia, pues para comprar un kilogramo (Kg.) de huevo se requiere más de un tercio de salario mínimo ; para un Kg. de carne de res se necesita un salario y medio; para un Kg. de aguacate un salario, y así sucesivamente. 

La mayoría de las familias del país no cuentan con los ingresos necesarios para comprar los alimentos suficientes y de calidad que la Carta Magna garantiza y los pocos a los que tiene acceso son de muy baja calidad. Por esta razón gran parte de la población mexicana se encuentra no solo mal alimentada sino en muchos casos también padeciendo desnutrición severa.

Es así como el derecho a la alimentación es letra muerta y el hambre de los mexicanos es resultado de la aplicación de un modelo económico que ha llevado las cosas a tal extremo que mientras 25 millones de familias solo tienen como única ambición qué llevar a sus mesas para alimentar a sus hijos, un reducido número de familias ricas concentran el ingreso al grado de que ya no saben en qué lujos gastarlo.

Los mexicanos están urgidos de empleos y salarios decorosos; y de seguir las cosas en extremo insoportables, nadie se sorprenda si un día el pueblo busca una salida a estos problemas.