SEXTANTE

Vida privada

 

En el séptimo arte, el origen socioeconómico de los realizadores y los artistas (sean actores, escenógrafos, fotógrafos, diseñadores, editores, etc.), de una u otra manera deja su impronta en las obras en las que participan. Louis Malle fue un importante documentalista y realizador de filmes de drama cuya extracción de clase se reflejó en los mismos.

Nacido en Francia, hizo parte de su carrera en su país de origen y en Estados Unidos; su cinta más conocida es Adiós a los muchachos, en la que narra la trágica historia de un muchacho de origen judío que en la Segunda Guerra Mundial, para evitar ser asesinado por las hordas nazis, se refugia en un internado católico, donde finalmente lo descubren y terminan cruelmente con su existencia.

En su adolescencia, Malle vivió una experiencia similar y esta fue una inquietud de toda su vida, por lo que uno de sus cometidos más personales fue realizar un filme que reflejase la tragedia que había vivido. 

Louis Malle también tuvo como obsesión el poder captar mediante una combinación de cine ficción y documental (docudrama), la tragedia de la famosa actriz francesa Brigitte Bardot, víctima de la “fama” y el “glamour” en una sociedad en la que el ascenso social tiene como base la ambición, la falta de escrúpulos éticos, la hipocresía, la vanidad, etc., con toda la parafernalia que envuelve al mundo del espectáculo y que desemboca en la más terrible soledad y aislamiento que luego se traduce en depresión y deseos de suicidio.

El drama de Vida privada discurre en Ginebra, París y la pequeña ciudad de Spoleto, Italia. Jill (Bardot) es una muchacha de clase media alta, quien vive de forma normal, hasta que decide trasladarse de Ginebra a París; ahí conoce a un fotógrafo que la proyecta hacia la actuación en el cine.

Jill se hace famosa, su vida se convierte en un torbellino de excesos y vida disoluta y, como ocurre con muchos actores que adquieren renombre, sed ve atrapada en una crisis existencial mientras lucha por salir de ese ambiente que, lejos de ser glamoroso, es sórdido y amoral.

Jill busca al hombre que fue su amor juvenil platónico: Fabio Rinaldi (Marcello Mastroianni), director de teatro. Él se ha separado de su mujer y entabla con Jill una relación amorosa. Sin embargo, la fama persigue de forma trágica a Jill, pues los paparazzi la persiguen cuando ella solo aspira a una vida tranquila. Fabio debe ir al famoso festival de teatro en Spoleto a presentar una obra que dirige, pero decide dejar en París a Jill.

A los pocos días ésta va a acompañarlo. Ya en Spoleto, lejos de encontrar calma y respeto a su persona, una vez más la fama y los paparazzi la acosan y Fabio al ver cómo se altera la vida de ambos, le pide que se mantenga encerrada en el hotel donde se hospedan.

Pero Jill no soporta el aislamiento y entra en conflicto con su amante, a quien acusa de mantenerla encerrada y ser un verdugo más en su azarosa existencia. Cuando está a punto de presentar su fastuosa obra teatral, Fabio se arrepiente de haber peleado con Jill,  por obligarla a estar encerrada en el hotel y, arrepentido, le habla por teléfono para pedirle perdón y rogarle que vaya al lugar en donde se presenta la obra.

Pero Jill ha decidido hacer las cosas de otra manera: para evitar que la prensa y el público la sigan asediando se sube a la azotea de un edificio para ver la obra.

Un fotógrafo la descubre y comienza a tomarle fotografías, pero al utilizar un potente flash provoca que Jill pierda el equilibrio y caiga de la azotea. En las imágenes que Malle da de la caída, Jill no está horrorizada por la muerte y su tránsito por el vacío es como una liberación de sus tormentos.

La crítica especializada de la época –década de los 60– consideró a esta cinta como una obra menor de Malle; pero ello no significa que sea un producto cinematográfico de poca relevancia. En realidad Malle hace una fuerte crítica a esos “valores” de la sociedad burguesa –el deseo desmedido y egocéntrico del éxito, la fama, el encumbramiento mediático– que en las almas sensitivas devienen en soledad, hastío, depresión, hartazgo, sufrimiento moral, enfermedad y, lo peor, en suicidio o muerte prematura.

Los valores que promueve la sociedad burguesa, en su etapa de descomposición, no son promotores de una espiritualidad satisfactoria, ni de la liberación de la humanidad, ni “elevan a la cúspide” a algunos seres humanos, sino más bien los hunden en profundos pozos de degradación moral, soledad y muerte. Ése es el mensaje de Louis Malle en Vida privada.