LITERATURA

La oposición entre el vampiro y el científico

Drácula

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Ana Kerlegan

La aparición, a finales del siglo XIX, de la criminología, la antropología, la psicología evolucionista y la teoría de la degeneración articuló las ansiedades sobre la posibilidad de intrusiones atávicas en el mundo empírico, que nutrió obras de la literatura inglesa como Drácula (1897), de Bram Stoker, novela epistolar en la que dichas preocupaciones están más explícitamente dirigidas hacia el debilitante progreso científico.

Con Drácula, Stoker representa un modelo antidialéctico a través del cual lo viejo se vuelve nuevo, y los modelos de negación y síntesis son interrumpidos por la paradoja de lo no-muerto que reduce la premisa y la conclusión a un ciclo continuo a través del cual los atavismos consumen la supremacía científica y tecnológica; el no-muerto emerge de las sombras de la especulación para desestabilizar los cimientos de la cultura victoriana.

Drácula alcanza su escalofriante horror en parte gracias a su transcripción epistolar que carece de narrador omnisciente y que subraya el tiempo presente a través de los objetos, como la máquina de escribir, el fonógrafo y el telégrafo. La actualidad del  libro apenas se ajusta a los métodos medievales que, en última instancia, garantizan la victoria de los enemigos del Conde.

Esta preocupación por la disyunción entre la tecnología de la época victoriana tardía y los métodos medievales sugiere la inquietud con que muchos victorianos veían el resurgimiento de las antiguas supersticiones, que desestabilizaban el progreso científico y tecnológico.

De hecho, las lagunas narrativas de la novela podrían interpretarse como representaciones de esta desestabilización poniendo en evidencia las fisuras del progreso científico y tecnológico, a través de las cuales la especulación amenaza la autoridad científica, al igual que el simbolismo religioso y folklórico cobra importancia en este relato.

La referencia más evidente de esta estructura epistolar se hace el 26 de septiembre en el diario de Seward, en el que Van Helsing acusa a su ex estudiante, el Dr. John Seward, de que “se contenta con dejar un espacio en blanco entre la premisa y la conclusión”.

A través del género epistolar, Stoker sigue y cuestiona el método científico, un gesto que podría por sí mismo suscitar el interés de un lector que buscó la fe en la ciencia para objetivar y hacer transparente el mundo empírico.
La metáfora de la oscuridad es aplicable en un nivel histórico, refiriéndose de una manera bastante literal al movimiento espiritualista y al carácter sobrenatural de la pre-Ilustración.

Pero, en términos de estructura, Drácula lleva la metáfora mucho más lejos. Es decir, el marco epistolar que contiene las transcripciones produce la gran oscuridad en la que se gesta el horror de Drácula, sugiriendo que el espacio entre la premisa y la conclusión dictadas por Van Helsing es la oscuridad dentro de la Ilustración.

En gran medida, la obsesión de Van Helsing por el Conde apunta directamente a la acumulación de poder intelectual que es característico de la ciencia: “El Conde es más astuto que cualquier mortal, ya que su astucia ha ido en aumento a través de los siglos”.

Aquí la representación que hace Stoker de la posición científica del siglo diecinueve está aparentemente amenazada por el resurgimiento anacrónico de este personaje, que había sido alquimista y estudiante de la Escolomancia: “Quién de nosotros hubiera aceptado, hace tan solo un año, semejante posibilidad, en pleno siglo diecinueve, científico, escéptico y positivista?”

El factor problemático es la concepción racional del tiempo. La experiencia del Conde con la alquimia es la clave para entender las ansiedades de Van Helsing. Como el Conde representaba la cumbre del saber científico de su tiempo, éste amenaza con desplazar a Van Helsing no solo en su posición como un maestro entre los hombres, sino también como uno de los científicos más avanzados de su tiempo.

El Conde es un cuasi científico que provoca dentro del paradigma victoriano un renacimiento de su pasado, es decir, un obsesionante antepasado de la ciencia victoriana.
Claramente, la novela dirige en parte su poder aterrador desde la ambigua combinación de espacios epistolares que, a medida que avanza la narración, lleva hacia atrás al equipo científico, tanto tecnológica, como científicamente.

Esta reversión es representada en términos epistolares cuando el equipo entra en el apenas tecnológico contexto de Europa del Este, en los Montes Cárpatos de Rumanía. Seward, el documentalista tecnológicamente dependiente, que al principio lleva un fonógrafo cilíndrico vacío a la casa Westenra para que complete “el registro en el fonógrafo de Lucy”, empieza así su diario el 24 de octubre: “Cómo echo de menos mi fonógrafo!

Escribir el diario a pluma me resulta molesto; pero Van Helsing opina que debo hacerlo”. Más tarde, Van Helsing describe la huída del Conde a bordo del Czarina Catherinecomo una “falta de información (. . .) desalentadora”.

De nuevo el argumento de Van Helsing de que Seward ignora el espacio entre la premisa y la conclusión es críticamente importante para la relación entre lo científico y lo epistolar, porque el Conde habita todos los espacios que la Ilustración no puede iluminar.

Con la ayuda del físico / metafísico Van Helsing, el mito del progreso va hacia atrás para asumir una posición sobrenatural en la batalla contra el Conde. Más que alcanzar, o incluso que permitir la posibilidad de un final, el vampiro de Stoker siempre comienza. La transcripción epistolar de Dracula crea una atmósfera de horror, pues el miedo hacia lo sobrenatural desafía las presunciones de la ciencia y la técnica.

La omnipotencia narrativa es reemplazada de forma similar por un ambiguo y problemático acuerdo creativo, que elude cualquier punto de partida y de llegada. Y a través de la estructura epistolar fragmentada y temporalmente distorsionada, el vampiro de Stoker emerge en un gesto desestabilizador a través del cual el atavismo encuentra un conducto hacia el presente y hacia el ámbito inmortal del progreso.