REPORTAJE PUEBLA

Huitzilan, el antes y después de Antorcha

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Álvaro Ramírez Velasco 

La vida en Huitzilan hasta antes de 1984 era de constante tristeza y enorme riesgo. El terror se respiraba en sus calles polvosas y el municipio, además de alejado, daba la sensación de ser el fin del mundo, pues los caciques y sus sicarios de la Unión Campesina Independiente (UCI) asesinaban campesinos casi a diario convirtiéndolo en un poblado de huérfanos, viudas y emigrados.

Los crímenes se cometían contra hombres y mujeres desarmados, con cobardía, por la espalda o en emboscada en pleno día frente a otras personas. Su población, integrada mayormente por indígenas nahuas, como buena parte de la región de la Sierra Nororiental de Puebla, era sometida y abusada. Las cosechas de café prácticamente eran arrebatadas, robadas, al igual que la vida de quienes alzaban su voz contra las injusticias.

El Estado no existía. La sede de la presidencia municipal sumó hasta seis años cerrada con varios candados. La única ley era la de las balas cobardes y las manos asesinas. Varios años antes habían matado a alcaldes que intentaron oponerse a los cacicazgos, como fue el caso de José Alfredo Manzano Martínez, cuyos hijos hoy son militantes del antorchismo y agradecen la paz y progreso que ha traído el Movimiento Antorchista Nacional (MAN).

“Era un pueblo hundido en el fango del olvido, del atraso, de la ignorancia, por lo que se convirtió en un botín para los caciques, quienes controlaban el poder político y económico”, dice Filiberto Hernández Bonilla, campesino de 70 años, echando la mirada al pasado.

Afortunadamente, las cosas estaban por cambiar aquel mismo año con la llegada del MAN, que “vino a salvar vidas”, como bien afirmó el ex alcalde Moisés González.

“Mi papá en ese tiempo fue presidente municipal y murió a manos de la UCI… Sufrimos mucho siendo niños. Luego llegó Antorcha y pudimos ser libres y estar tranquilos”, dice Claudia Manzano Joaquín, quien se quedó huérfana a los cuatro años.

En aquellos días aciagos, las escuelas, el jardín de niños y la primaria, también estaban abandonadas, porque los maestros también eran asesinados. Los que sobrevivieron tuvieron que huir.

“Qué tristes noches las que pasamos / Solo los perros escuchábamos aullar / Los lamentos de una familia / Que a un ser querido ha perdido ya…”, dicen de aquellos días las estrofas de un corrido del cronista musical de Huitzilan, Filiberto Hernández, quien desde 1984 milita en el MAN fue testigo de los duros días del combate contra los cacicazgos, cuando el municipio “estaba en ruinas y se vivía una época de terror”.

El Secretario General del MAN, el maestro Aquiles Córdova Morán, recapitula en un artículo: “Ninguna firma comercial, incluida la Compañía Nacional de Subsistencias Populares (Conasupo) podía entrar a Huitzilan, porque sus unidades eran asaltadas, saqueadas y quemadas.

Todo el abasto estaba en manos de los ricos huitziltecos quienes, de ese modo, lucraban con la violencia. Estaba prohibida toda reunión política de los ciudadanos y, en particular, todo intento de organizar elecciones municipales, so pena de la vida.

“Los asesinatos de opositores se cometían a plena luz del día, y el cadáver de los ‘más peligrosos’ no podía ser levantado y sepultado por sus deudos, pues el castigo era ser baleados en el momento mismo del intento”.

La luz antorchista
Con el arribo del antorchismo las cosas cambiaron en Huitzilan, poblado de belleza agreste. Hoy este municipio progresista, revolucionario, tiene una importante infraestructura educativa que va del jardín de niños a una normal de maestros y un bachillerato, pasando por primarias y secundarias.

Sus calles ya no son polvosas ni invocan el recuerdo sangriento de los días infaustos, hoy están adoquinadas; hay un hospital, caminos, apoyo a los más humildes, respaldo a la comercialización de los productores, sobre todo de los cafetaleros.
“Con la llegada de Antorcha hubo una gran transformación… porque pronto empezamos a trabajar y a desarrollar nuestro municipio. Hoy lo veo muy cambiado gracias al MAN. Veo en Antorcha un buen camino, justo, de desarrollo”, dice con la experiencia del tiempo transcurrido don Filiberto Hernández Bonilla.

Sin embargo, la paz y el progreso logrado en los pasados 27 años se vio lamentablemente opacado cuando el 10 de octubre anterior un comando armado asesinó a Manuel Hernández Pasión, joven abogado de Huitzilan, quien en años recientes había realizado como alcalde una sobresaliente gestión pública que incluyó la edificación de muchas obras de infraestructura, apoyos sociales para la población más necesitada y respaldos financieros a los productores.
Manuel Hernández Pasión y un acompañante fueron emboscados en la carretera por un grupo de sicarios mientras regresaban de Zacapoaxtla a su municipio.

Pocas semanas antes de su desaparición, Manuel había escrito en el portal electrónico de Antorcha las siguientes palabras sobre el Huitzilan que él contribuyó a rescatar de la miseria extrema:

“Una verdadera investigación sobre Huitzilan de Serdán encontraría que este municipio es, hoy por hoy, el único que tiene una infraestructura educativa sin parangón entre los municipios poblanos que se le comparan en tamaño; de los pocos en los que todos los pueblos están comunicados con la cabecera municipal; con una red de energía eléctrica que abarca al total de la población; con 24 canchas deportivas techadas de las 27 que existen; es el municipio de la Sierra Norte con más calles pavimentadas con concreto hidráulico; en fin, y para no hacer tan larga la lista, el que puede presumir mayor inversión en obra pública los últimos 20 años, siempre comparado con municipios con similar número de habitantes”.

"A Manuel nos lo quitaron"
La fatídica tarde del martes 10 de octubre de 2017, la paz y el encanto rebelde de Huitzilan se vio enlutado con el cobarde asesinato de Manuel, quien pertenecía a una familia que jamás abandonó el municipio aún en el periodo de alta criminalidad que se vivió hace casi tres décadas.

Sus compañeros, amigos, exalumnos y la gente que disfrutó de su trato, trabajo y entrega coinciden en que fue el presidente municipal con más preparación que ha tenido Huitzilan. Fue abogado, director del Bachillerato, de la Normal, formador de generaciones, impulsor de la cultura, mentor de líderes. Hombre humilde, accesible, alegre, exigente y perfeccionista.

Cuando la gente habla del asesinato de Manuel, no se refiere a él con esta palabra, ni con la “muerte”, ni dicen “lo mataron”. A fin de expresar su profundo sentimiento personal, expresan: “¡Nos lo quitaron!”.

“Es cierto que le quitaron la vida por luchas, por su pueblo, pero deja a Huitzilan lleno de vida, con su trabajo, con su ejemplo, con su entrega total, para la transformación de su pueblo”, dice a buzos don Filiberto.

“Para nosotros fue un golpe muy duro, porque fue un presidente que dejó muchas obras; se dedicó a trabajar para su pueblo, al desarrollo del municipio. Fue un hombre muy revolucionario. Manuel era un hombre muy inteligente.

Quienes lo antecedieron fueron presidentes muy responsables, se entregaron al pueblo, pero Manuel lo hizo con más ganas. Es el primer presidente que tuvimos con un nivel de educación muy alto y una inteligencia muy grande, una actitud intachable; nos legó muchas cosas y nos dejó muchos ejemplos. Volver a ver un hombre así será muy difícil…”, agrega el hombre que con sus escritos ha sabido narrar la historia del municipio.

En el poblado existe la certeza, pese a la luminosidad de sus cerros y nubes que se juntan en el horizonte, que algo falta en Huitzilan. Marcela Hernández Ayance, joven licenciada en educación que fue formada por Manuel en su época de docente, lo dice con mucha claridad: “El pueblo ya no es el mismo, se quedó en silencio se siente un vacío”.
“Fue mi maestro, mi director, mi dirigente.

Para mí fue un ejemplo, me enseñó muchas cosas, cómo perder el miedo de hablar en público… Era joven, exigente, responsable, las cosas quería que salieran perfectas. Nos pedía que nos formáramos como estudiantes, como profesionistas. Le daban ganas de hacer muchas cosas, nos decía ‘bailen, declamen, hagan oratoria’… Como persona era alegre, pero muy formal”.

¿Qué pasó por tu mente cuando te enteraste de su asesinato?
–No lo podía creer. No lo podía creer... –En medio de la conversación, a Marcela se le quiebra la voz y los ojos se le abrillantan por la humedad de la tristeza–. ¿Cómo pasó eso, si apenas lo vi? Aun viéndolo ahí el día que lo trajeron, no lo podía creer. No lo puedo asimilar todavía… Como amigo te escuchaba, como presidente te atendía las veces que estabas ahí gestionando algunas cosas; como formador, lo mucho o lo poco que él me llegó a enseñar…

Fue mi maestro, me acuerdo de él en clases, exigente; fue mi dirigente, nos decía ‘vayan a los pueblos, organicen a los muchachos’. Fue mi presidente, nos atendía muy bien, el año pasado formé parte del comité de padres de familia del Jardín de Niños Libertad y él siempre estuvo ahí; gestionamos algunos techados y él logró techar algunas plazas, remodeló algunos baños de las escuelas...

Justicia, el clamor
A pesar del desarrollo que el municipio vive desde la llegada de Antorcha, sigue siendo difícil llegar a Huitzilan de Serdán, pues el viaje desde la ciudad de Puebla puede llevarse hasta cinco horas. Pero una vez ahí, lo primero que se percibe es el clamor generalizado de justicia en la mayor parte de la población.

Se escucha lo mismo en don Filiberto y en Marcela, que en campesinos como Emiliana Santiago y Juan Arroyo, comerciantes como Miguel de los Santos y militantes como Claudia Manzano.

La fuerza del clamor no mengua: “Se va a seguir trabajando, tenemos que seguir luchando”, dice Marcela Hernández, mientras Filiberto Hernández sentencia: “no vamos a colgar los guantes y vamos a seguir trabajando”.

“Desde que llegó Antorcha hay gente a la que le molesta su política, porque Antorcha es un movimiento que lucha por los más desprotegidos; su lucha es justa… Antorcha levantó a mi pueblo, que estaba en ruinas”, dice el cronista quien ha retratado al poblado con sus corridos.

Los demonios del pasado
El asesinato de Manuel Hernández Pasión, cuya investigación al cierre de la edición no ha avanzado, trajo a las calles de Huitzilan recuerdos tristes, pero también de furia contra la injusticia y desazón que se vivían en los días de los aviesos cacicazgos.

Para Claudia Manzano Joaquín fue especialmente doloroso, pues le trajo de golpe a la memoria el asesinato de su padre, quien fuera presidente municipal en la época del terror, cuando era apenas una niña de cuatro años.

“Hace muchos años hubo un problema muy grave en este municipio. Mi papá (José Alfredo Manzano Martínez) en ese tiempo era presidente municipal y murió a manos de la UCI… Sufrimos mucho como niños.

Luego llegó la organización y pudimos ser libres y estar tranquilos”, narra. Él fue abatido a balazos por esos grupos que explotaban a los indígenas y a quienes enfrentó ofrendando su propia vida en los días previos a la llegada del antorchismo. Así como murió el presi Manuel, así murió mi papá, con balazos”, en el corazón de Claudia surge el coraje, la remembranza del sufrimiento familiar, el horror de haber sido testigo de decenas de asesinatos.

La militante del MAN ha vivido en carne propia lo que es extrañar a un ser querido: “Fueron tiempos muy difíciles. Personalmente vi a personas muertas, a personas que mataron… No conocíamos a Antorcha en ese tiempo. Mi papá quiso pelear por su responsabilidad, porque era presidente. Tuvo que armarse de valor y continuar con su trabajo, pero no lo dejaron terminar”.

¿Cómo le hizo falta su papá?
–Mucho, mucho, porque ya no tuve esa experiencia de convivir con un padre, fue triste. Gracias a mi mamá pudimos superar muchas cosas. Fue muy valiente, porque ella se enfrentó a los asesinos, cara a cara, con sus hijos y hermanos alrededor. Muchas veces estuvo a punto de morir.

La mamá de Claudia Manzano fue también presidenta municipal con el riesgo diario de ser víctima de las balas de los caciques. Esos días volvieron a estallar en su sentimiento con el asesinato de Manuel Hernández Pasión: “Se siente la impotencia, el coraje. Estoy muy molesta, muy desconcertada. Cuando me dijeron (de su muerte), pensé no puede ser, no puede ser que mataran a otro presidente… En este pueblo hemos sufrido mucho y queremos estar tranquilos; y así estábamos gracias a la organización. Exigimos que se haga justicia”.

El recuerdo del hombre, del líder
En la memoria de la gente más humilde de Huitzilan está el trato humano de Manuel, su diligente actuación como gobernante, la valentía de él y su familia que permaneció en el municipio a pesar de los riesgos de los años previos a que el MAN construyera el camino hacia el progreso y la paz.

En náhuatl, los campesinos Emiliana Santiago Naranjo y Juan Arroyo, con la ayuda de una traductora, recordaron con mucho cariño al presidente municipal, quien realizó un cúmulo de obras públicas muy importantes a favor de los campesinos e indígenas de este municipio cafetalero de la Sierra Nororiental Poblana.

Emiliana dijo que conoció a Manuel desde niño, cuando en el municipio se sufrían las agresiones de los caciques, de las que ella y su familia fueron víctimas en carne propia, pues mataron a sus padres, lo que los obligó a huir a Zacapoaxtla.

 La familia de Hernández Pasión –dijo– se quedó en Huitzilan a pesar de los graves riesgos que corrían. Una vez que el MAN llegó a la comunidad, Emiliana y los suyos pudieron volver. “Así fue como agarramos valor”, reconoció.
Emiliana apuntó que cuando Manuel llegó a la presidencia municipal era ya un muchacho “al que ya no pude reconocer muy bien”.

En su mente se halla la exigencia de justicia por el asesinato de Hernández Pasión, pero aclara que el MAN continuará adelante con su labor social y política y con las obras que el alcalde dejó pendientes.

Juan Arroyo confesó que en Huitzilan hay un gran dolor porque “nos lo han quitado; por el progreso que trajo; por las obras que estaba realizando”, pero también porque era una persona de trato muy amable que siempre atendía a todas las personas que lo buscaban

Miguel de los Santos Ortiz, comerciante que conversó con buzos en su modesta tienda donde vende productos básicos y sombreros, describe como extraordinario el trabajo del Hernández Pasión: “Hizo muchas obras, entre ellas pavimentaciones, escuelas, canchas, techados y nuestro hospital, que brinda un gran servicio al pueblo y a todas las comunidades cercanas. Era muy respetuoso. Respetó mucho a la gente, más a la gente humilde. Yo veía mucha gente que iba a su oficina, esperando que se le diera una ayudita o despensas. A mucha gente la ayudó”.

De los Santos sabe que hoy existe un vacío en Huitzilan sin Manuel: “Mucha gente lo siente… Alguna cosita que nos hacía falta lo íbamos a molestar y nos ayudaba. Tanta gente que necesitaba ayuda y se les daba. Lo extrañamos. Ahorita va a estar difícil para conseguir una persona igual que él, preparado en sus modos de trabajar”.

Los días transcurren, las investigaciones no avanzan, pero la fortaleza de Huitzilan y sus hijos los mantiene de pie. La rebelde belleza de la sierra es también insumisión en el corazón de los antorchistas, quienes no abandonan la exigencia de justicia pero que al mismo tiempo saben que los mejores homenajes a Manuel son la continuidad del trabajo por el desarrollo de su pueblo y la lucha contra la pobreza.