TRIBUNA POÉTICA

Horacio y su “elogio” de la vida campestre

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Tania Zapata Ortega

Hijo de un esclavo liberto dueño de una modesta propiedad rural, el poeta Quinto Horacio Flaco (Venosa, 65 – 8 a.C.), recordaría siempre con profundo agradecimiento el esfuerzo de su padre para proporcionarle una esmerada formación en Roma y Atenas y no en su provincia natal; para que su hijo pudiera ser educado en las mismas escuelas a las que asistían los hijos de los senadores y los caballeros el padre del poeta ejerció la profesión de recaudador de subastas públicas:

Se atrevió a llevarme a Roma cuando era un niño para que me enseñaran los mismos saberes que cualquier caballero o cualquier senador hace que aprendan sus hijos. Si alguien hubiera visto mi atuendo y los siervos que me acompañaban, como era el caso entre tanto gentío, creería que aquellos lujos me venían de un patrimonio ancestral. Él mismo, el más incorruptible de los guardianes, me acompañaba cuando acudía a un maestro tras otro.

Tras el asesinato de César, Horacio se incorporó al partido de Bruto y tomó parte, como tribuno militar, en la doble Batalla de Filipos. Él mismo confesaría, tal vez acudiendo al tópico del escudo abandonado, a imitación de Arquíloco, Alceo y Anacreonte, que había huido del campo de batalla. Al regresar se entera de la muerte de su padre y la confiscación de sus bienes; tras la amnistía decretada por Octavio consigue un puesto de escribano y frecuenta los círculos literarios de la época.

Horacio y Virgilio comparten el más alto puesto entre los poetas latinos; ambos cultivaron una de esas amistades que se dan solo entre los grandes espíritus; fueron Virgilio y Lucio Vario Rufo quienes lo presentaron en 38 a.C. ante Cayo Clinio Mecenas, quien sería en adelante su protector, le regalaría una finca en Tívoli, lo que le permitió dedicarse “profesionalmente” a la poesía, en su loada aurea mediocritas (dorada medianía o moderación) al resolver las carencias en que vivía. Los tiempos de estabilidad comenzaban, era la etapa de madurez literaria del Imperio Romano.

Sus épodos contienen exquisitas apreciaciones de una vida dedicada a refinados placeres; él los llamaba “sermones” o “conversaciones familiares”; uno de los más famosos es el segundo de ellos, conocido como Beatus Ille o Elogio de la vida campestre, poema, compuesto en versos alternados de seis y cuatro yambos (pies de dos sílabas, una breve y otra larga).

Feliz aquel que, ajeno a los negocios,
como los primitivos,
labra tierra paterna con sus bueyes
libre de toda usura;
que no oye el agrio son de la corneta,
ni teme el mar airado,
y evita el Foro y las soberbias puertas
de los más poderosos;
y los largos sarmientos de las vides
une a los altos álamos,
o contempla de lejos su vacada
en un valle apartado;
y, las ramas inútiles podando,
injerta otras más fértiles,
o guarda espesa miel en limpias ánforas,
o esquila sus ovejas.

El propósito ideológico de este épodo es engañoso; muchos historiadores de la literatura han creído ver en este poema simplemente la admiración de Horacio por la apacible vida retirada a la que consagró sus años finales; no es así. Partiendo del tópico del locus amoenus y tal vez producto de un debate amistoso con Virgilio, imita el estilo bucólico de éste a lo largo de la composición; el lector impaciente debe hacer un esfuerzo para terminar la lectura so pena de verse chasqueado; pues respetando el antiguo espíritu de este tipo de composiciones, el desenlace no es más que una sátira graciosa en la que el encomio rural se pone en boca del usurero Alfio frente a su dinero. ¡Qué fácil es hablar de la naturaleza idealizada y la apacible vida campesina desde la ciudad, cuando la bolsa está llena!


En la mesa, qué bien ver las ovejas
recogerse de prisa,
ver los bueyes exhaustos arrastrando
la reja, el cuello flojo,
ver esclavos nacidos en la casa
en torno de los lares.”

Esto enunciado, el usurero Alfio,
campesino futuro,
cobró en los Idus todo su dinero
y lo presta en Calendas.
Los que escribís, elegid la materia que a vuestras fuerzas les cuadre, y pensad largo tiempo en lo que rehúsan y lo que pueden cargar vuestros hombros. A quien escoja un asunto para el que tiene energías, no le han de faltar ni facundia ni un orden lucido…

Así recomienda elegir el tema adecuado para componer poesía en su famosa Epístola a los Pisones, conocida también como Arte Poética, texto fundamental para comprender la mentalidad clásica y que aún influye, como preceptiva literaria, en la formación de escritores. Horacio recomienda someter los escritos propios a la crítica experta y sincera antes de publicarlos y después guardarlos durante nueve años porque:

Podrás borrar lo que no hayas dado a la luz;
la palabra que se deja escapar no sabe el camino de vuelta.