ARGOS

Frau Merkel, consolidación de la zarina del libre mercado

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Arnulfo Alberto

Alemania se ha ganado en las últimas décadas el epíteto de país exitoso porque ha demostrado palmariamente que se puede ser una nación próspera con una economía pujante y una sociedad vibrante. Claro, los buenos hechos económicos de Alemania se han producido dentro de los lineamientos que marca el gran capital y en el marco del nutrido grupo de sicofantes y apologistas teóricos que con uniformidad espantosa inundan los departamentos de economía de las universidades de medio mundo y con el aplauso del puñado de todopoderosas organizaciones económicas y financieras –a saber el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM)– que se dedican un día y otro también a apuntalar este sistema capitalista cuyo declive es cada vez más pronunciado.

Es cierto que Alemania es la economía más próspera de la Unión Europea (UE); que sus reservas internacionales han alcanzado niveles insospechados; que su disciplina fiscal le ha permitido conservar finanzas sanas; que su balanza comercial con el resto del mundo es superavitaria; que sus exportaciones son cada vez más crecientes y diversificadas y que sus empresas son innovadoras y han colocado sus productos en los más distantes mercados, barriendo literalmente con la competencia a fuerza de talento industrial, desarrollo tecnológico e impecable estructura organizativa. Pero ¿cuál es el precio de este éxito rotundo?

Y,  más importante todavía, ¿podemos inferir el éxito del capitalismo en su fase librecambista por este solo caso, ciertamente digno de elogio?

¿Cuántos países hay que son como Alemania? Haciendo las sumas y las restas, podemos asegurar que en el mundo hay más países arruinados que exitosos.

Alemania es uno de esos países que por sus ventajas históricas de tipo cultural, social y económico han partido de una posición de superioridad con respecto a muchas naciones rezagadas.

Estas ventajas le han permitido especializarse en sectores  económicos con alto valor agregado e intensivas en capital, que es una característica de la división internacional del trabajo que impera en la actualidad, donde los Estados atrasados terminan transfiriendo valor a los países ricos en forma de recursos naturales, humanos y monetarios, gracias a la importación de bienes de capital y la exportación de materia prima barata.

Por otro lado, quienes creyeron que la UE era un proyecto fraterno y solidario que buscaba la unión desinteresada en pro de mayores beneficios para todas las naciones involucradas, han recibido un balde de agua fría después de la crisis financiera de 2008, convulsión económica que las hizo despertar con la sensación de que habían sido embaucadas por las economías más poderosas, que simplemente han impulsado políticas de unificación económica y política a escala europea pensando naturalmente en su propio beneficio.

Y así lo ha demostrado Alemania, que ha sido a todas luces una de las ganadoras de este proyecto, y que ha hecho valer su músculo financiero para castigar y abandonar a su suerte a los países que, por uno u otro motivo, han visto caer en picada sus economías y han tenido que declararse en bancarrota.

En este mismo espacio escribí en 2013 que Ángela Merkel, la flemática canciller alemana, había sido elegida para un periodo de cuatro años más en el poder. En estos días ha sido nuevamente electa para otro periodo de cuatro años.

El contexto descrito en los párrafos precedentes permite entender que la estabilidad económica de ese país se ha traducido en cierta estabilidad política, eso sí, a costa del sufrimiento de millones de europeos que cayeron en las garras de la pobreza en los últimos años debido a los recortes en rubros sociales, particularmente en España, Portugal y Grecia, los países que más sufrieron los embates de la crisis financiera.

Dije también, y reafirmo ahora, que Merkel es el prototipo de estadista preferido por los dueños del capital en el mundo; por eso, y solo por eso, no se habla negativamente de su perpetuación en el poder.

Un gobernante con más de 12 años en el poder en un país no subordinado a los dictados del capital ya habría sido tachado de dictadorzuelo pero la canciller –decía en aquel momento– goza de buena fama porque es una leal preservadora de los intereses de las ingentes sociedades anónimas que hoy por hoy son los dueños de los destinos del planeta, además que también es una ejecutora entusiasta y eficaz de las pautas dictadas por los organismos reguladores de la economía capitalista mundial sin importar la suerte de millones de trabajadores europeos y no europeos que sufren la cara no agraciada del capitalismo.