OPINIÓN

Sismos: la tragedia empieza

Omar Carreón Abud
Omar Carreón Abud es ingeniero Agrónomo y luchador social en el estado de Michoacán. Articulista , conferencista y autor del libro: Reivindicar la verdad

Es muy probable que la reacción más elocuente, más ilustrativa y más aleccionadora del respeto, la preocupación y la acción que las desgracias de los pueblos les inspiran a los gobernantes sea, y vaya a seguir siendo durante mucho tiempo, la captada por la cámara en la que el presidente Donald Trump arroja paquetes de papel higiénico a los damnificados de Puerto Rico.

Poco, casi nada y de muy mala gana, les otorga el Estado actual a los necesitados del mundo. Estamos en la era del “cada quien que se rasque con sus uñas”, claro que no en la producción y el comercio, actividades en las que rascarse con las uñas propias es simplemente inaplicable; ahí, los dueños del capital nada pueden hacer solos, necesitan y contratan grandes masas de trabajadores que son, en realidad, los verdaderos rascadores.

Todavía no existe una evaluación completa y precisa de los daños causados por los sismos de septiembre pero, sin duda alguna, será de muchos miles de millones de pesos, una montaña de dinero, y no creo que exista una sola persona que se atreva a sostener que no solo es indispensable, sino urgente.

La urgencia la va señalando poco a poco la inconformidad de los damnificados que ya empiezan a manifestarse en las calles, argumentando con sobrada razón, o que los apoyos no les llegan, o que les llegan en cantidades ínfimas que no sirven para nada.

Existen numerosas y elocuentes experiencias que demuestran que la ayuda prometida en los primeros momentos de las desgracias sociales y ante decenas de medios de comunicación, pasados unos días, se vuelve agua de borrajas.

También es cierto que ciertos medios de comunicación, al calor de la tragedia, cuando es noticia que vende, se muestran interesados, humanos y solidarios (hasta inventan o difunden historias falsas) y luego, con el tiempo, pasan a reportar la desesperación de los abandonados como un vil chantaje, abuso o, por decir lo menos, como un estorbo en la calle para la libre circulación de los vehículos.

El modelo económico de moda en México indica que la reconstrucción o la construcción de las viviendas dañadas o destruidas tiene que ser pagada por los propios dueños de éstas.

Hace ya algún tiempo que el Estado se ha retirado de la obligación de redistribuir la riqueza mediante la prestación de servicios y la ejecución de obras.

El neoliberalismo que ha sustituido al Estado del bienestar, es un modelo económico que presume de estar al lado de las grandes mayorías y asegura que todo lo que sea apartarse de él es un “salto al vacío”, es “regresar al pasado”.

Los resultados de la polarización social que fomenta el neoliberalismo están a la vista en Estados Unidos: solo en lo que va del año se han registrado 273 tiroteos que han causado 346 víctimas mortales; ése es el tipo de sociedad que crea el capital desbocado.

Acorde con el neoliberalismo en boga, es previsible que la reconstrucción del país se les endose a los damnificados mismos o se lleve a cabo para obtener dividendos políticos convenientes ante la inminencia de las elecciones del 2018.

Pero la reconstrucción urgente del país no puede descansar en donaciones de particulares, ni en pequeñas partidas para desastres, ni en ahorros, menos aún en la reorientación de partidas; al respecto de esto último, añado que sería un gran error jalar la cobija, es decir, cancelar o reducir partidas del gasto que apenas hace unos días, cuando se elaboró el presupuesto para 2018, fueron consideradas como indispensables.

Es una buena oportunidad para modificar el modelo económico en el sentido en que lo ha venido reclamando el Movimiento Antorchista.

Es indispensable –más ahora con la destrucción de medio país- que se paguen mejores salarios, que haya empleo para todos y que se retomen enérgicamente las inversiones públicas para redistribuir mejor la riqueza; para ello, hace falta una modificación de la política fiscal: que paguen más los que más ganan, no las clases medias y, menos aún, los trabajadores que no solo ya han estado pagando, sino que han sufrido los mayores daños en su exiguo patrimonio. No pueden, no deben seguir siendo un tabú las gigantescas ganancias de los bancos y las grandes empresas.

Al gobierno le parece que esas ganancias son intocables porque –sostiene- atenuarlas daña la inversión y porque, al bajar la inversión, se perjudica a la población. Pero no ha resultado cierto, no es más que una superstición económica afirmar que crecimiento económico es igual a justicia social.

A estas alturas, en México y en el mundo entero está muy claro que un aumento en la inversión no es un aumento en el bienestar de la población.

Nunca antes en toda la historia de la humanidad se había producido tanta riqueza como ahora y, nunca antes, como ahora, había habido tantos pobres en el mundo; las recetas que a cada rato nos repiten son falsas.

Ahora que muchos millones de mexicanos necesitan con urgencia el apoyo de su gobierno es cuando se va a poder apreciar con toda nitidez que el modelo económico actual está en vigor porque beneficia a los más poderosos; a ellos se les protegen sus ganancias enormes, a ellos se les rescata.

Los datos son aterradores. Solo en la ciudad de México hay cuatro mil 48 escuelas que no funcionan porque tienen daños menores o mayores y lo más probable es que resulten mayores y haya que construirlas de nuevo; hay 420 mil personas sin agua; más de 880 inmuebles con daño severo (sin contar casas), etc., etc.

Insisto en que no se conoce un recuento serio de los daños ni una cuantificación exacta, en los ejemplos que incluyo, omito los daños muy severos en varios estados de la República.

Pero al paso que vamos y con las decisiones que se están tomando, como es la de no modificar la política fiscal que, en última instancia, significa no tocar las fabulosas ganancias de los grandes capitales del país, pronto, a la desgracia, a las promesas incumplidas, a los engaños y a las necesidades desatendidas de los damnificados por los sismos, se habrán de añadir la irritación, la desesperación y, consecuentemente, la protesta de todos los mexicanos pobres cuyas partidas para obras y servicios básicos resulten recortadas o de plano “reestructuradas”. Señoras y señores: la tragedia apenas empieza.