ARGOS

Organización popular más allá de la tragedia

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Vania Sánchez Trujillo

Los efectos del sismo del 19 de septiembre trastocaron e hicieron más difícil la vida de miles de familias, que de por sí están llenas de trabajo, carencias, sacrificio y dolor. Esta situación extraordinaria mostró de manera admirable la solidaridad, la fraternidad y la capacidad que los pueblos tienen para sentir como propio el dolor ajeno y hacer algo para aliviarlo. 

Vimos cómo los centros de acopio se llenaron con productos de necesidad básica; cómo los puntos con mayor destrucción se atestaron con voluntarios que movieron escombros y prestaron auxilio a los heridos; cómo los hospitales no se daban abasto para atender a los donadores voluntarios de sangre y cómo las avenidas de la Ciudad de México (CDMX) se llenaron de coches y camionetas privadas para ponerse a disposición de los viandantes que necesitaron trasladarse a su destino porque el transporte público detuvo completamente sus operaciones.

Las pruebas de solidaridad y la capacidad de organización de la población desbordaron, y lo siguen haciendo en los escenarios del desastre. Con este fondo no puede más que elogiarse la organización popular espontánea cuyo trabajo logró aliviar de algún modo el dolor de las víctimas de la tragedia.

Los relatos que han hecho los afectados por el desastre han son desgarradores porque han puesto rostro y nombre al violento desamparo que muchas personas padecen ahora al quedarse sin hogar y sin la esperanza de recuperar la vida que tenían antes del terremoto. Pero de esta experiencia el pueblo mexicano puede sacar también lecciones que lo ayuden a mejorar a su sociedad.

Aprovechando la predisposición de ánimo que la catástrofe ha dejado en miles de damnificados y voluntarios, es conveniente llamar la atención sobre la necesidad de reconocer que la mayoría de los mexicanos vive cotidianamente en una situación de carencia que el terremoto –que no fue un castigo divino, ni del diablo, ni culpa de partidos políticos o del gobierno– solo ha venido a agravar la incertidumbre y desamparo de millones de mexicanos, víctimas de un sistema económico cuyo funcionamiento consiste en dejar en el abandono más absoluto a los trabajadores y en propiciar que una minoría social se llene los bolsillos con la riqueza que produce el propio pueblo.

Un sistema económico y político que promueve la desigualdad económica un día sí y otro también y que el Estado mexicano debería encargarse de combatir.

En la CDMX apenas el 8.6 por ciento de los propietarios de viviendas contratan un seguro que cubre los daños provocados por algún desastre natural, en tanto que el 90 por ciento de las casas habitación son vulnerables a este riesgo. Según estadísticas del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), en la capital del país casi dos de cada tres personas son vulnerables a alguna situación de pobreza.

Es decir, el 66 por ciento de la población capitalina es incapaz de hacer frente al pago de una póliza de seguro que cubra la destrucción de su vivienda por un terremoto, pues apenas dispone de recursos para pagar sus necesidades básicas de alimentación y salud.

El problema de la vivienda en la CDMX es crónico: la población que presentaba alguna carencia relacionada con la calidad y los espacios de la vivienda hasta antes del 19 de septiembre era de 521 mil 200 personas; a estos  damnificados del sistema económico habrá que añadir ahora los damnificados del terremoto.

Se oyen ya las voces de distintos políticos prometiendo fondos para la reconstrucción de la ciudad; estas voces no alcanzan a los cientos de miles de pobres de la ciudad que nunca han tenido un patrimonio y que, por lo tanto, no tenían nada que perder con el temblor.

Antes de confiar en la bonhomía de los políticos tradicionales frente a acontecimientos dramáticos como los recientes, hay que rescatar la capacidad de reacción, esfuerzo y organización solidaria que la población tiene en torno al bien común.

Entonces ¿qué no podrá hacer el pueblo si se organiza también para aliviar su pobreza y no solo en situaciones extraordinarias? ¿Hace cuánto tiempo se habrían eliminado las lacras de la indigencia si el pueblo, con sus mejores elementos al frente, dirigiera su destino como lo hizo en estos días de penuria?

No nos extrañemos que las promesas de ayuda y recursos oficiales, que no salen sino de los mismos bolsillos de los millones de trabajadores, mañana se queden en nada. Mientras la población no le arranque a la clase política el poder de repartir el erario, tendrá que pelear por cada peso que pretenda arrancar al gobierno para paliar su mísera situación.