BIOGRAFÍA

José Guadalupe Martínez

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Laura Castillo García

José Guadalupe Martínez García, conocido cariñosamente como Lupillo, se adhirió a las filas del Movimiento Antorchista en su tierra natal, Maravatío, Michoacán, porque su condición humilde lo hizo coincidir con la organización de los pobres de México.

Formó parte de la primera generación del Colegio de Bachilleres No. 30 (1988-91). Su maestra, la bióloga Mercedes Montes, recuerda que “fue hijo de gente muy humilde: para sostener a sus hijos, su madre lavaba ajeno, limpiaba casas o vendía dulces”.

Su incorporación al antorchismo fue en el año de 1992. Vivía con su madre en la colonia Victoria y como la colonia no tenía servicios urbanos encabezó las gestiones para que el gobierno municipal los habilitara.

“Buscaba alternativas de solución, como lo hace el pueblo pobre que tiene que ingeniárselas para salir adelante”, recordó muy conmovido su compañero de lucha, Sabás Franco, quien también resistió y sobrevivió a la criminal embestida de Guadalupe Buendía, alias La Loba. Fiel a su convicción de ir a donde el antorchismo lo requiriera, en 1996 Lupillo llegó al municipio de Simojovel, Chiapas, a apoyar a los antorchistas de la colonia El Refugio, quienes en esos tiempos eran víctimas de agresiones. “Ahí lo conocí, era un hombre serio y responsable”, recuerda el dirigente del antorchismo de Chimalhuacán Telésforo García Carreón.

Sabás Franco recuerda que tuvo la oportunidad “de estar con él una noche antes del funesto 18 de agosto de 2000… No sé si la muerte se presiente, platicamos muchas horas; me llamó mucho la atención que cuando nos despedimos a las 12:30 de la madrugada, me dio un abrazo muy fraterno, como si no fuéramos a volvernos a ver.

“El 18 de agosto íbamos a festejar el triunfo electoral del pueblo, pero no habíamos desayunado y fuimos a comer unos tacos de canasta… En broma, riendo, dijo: si vamos a morir que sea con la panza llena…” A Sabás se le quiebra la voz al revivir lo sucedido: “la plaza estaba llena, nunca nos imaginamos que nos fueran a atacar… De repente escuchamos cohetones y empezaron los balazos y la lluvia de piedras.
“Nos cubríamos mutuamente; ayudamos a la gente a meterse al mercado para que se protegeriera; dimos preferencia a mujeres, a niños, a gente de la tercera edad. Nos aventaban piedras, nos disparaban, pero nos movíamos rápido para ayudarlos. Lupillo iba y venía. Así lo vi la última vez, así lo recuerdo…” Las lágrimas no dejaban de emanar de los ojos de Sabás, a quien lo impactó una piedra en la nuca que lo dejó inconsciente y ya no supo más de sí, ni de Lupillo.

Un helicóptero del gobierno del Estado de México recogió con vida a un herido grave que se hallaba tirado en el jardín municipal de Chimalhuacán. El cuerpo de Lupillo no resistió las heridas que le causaron tres balas asesinas. La vida se le fue mientras iba en el aire.