SEXTANTE

El cine, un arma de manipulación imperialista

 

El asunto, por supuesto, no es nuevo, ya tiene una larga historia, pero la utilización del cine por parte del Estado más poderoso de la Tierra para defender sus intereses económicos y geopolíticos se renueva en forma constante, y debe adaptarse a sus necesidades coyunturales como “gendarme que cuida del orden en el mundo”.

Ejemplos muy recientes de cómo Hollywood es utilizado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA), instrumento de espionaje del gobierno yanqui; por el Pentágono, la cúpula de los “halcones” que dirigen las fuerzas militares estadounidenses y por los presidentes en turno de esa nación imperialista, se ofrecen en cintas como Argo (2012) de Ben Affleck, una apología sobre el supuesto heroísmo de un agente de la CIA, que salva a seis diplomáticos que trabajan en la embajada estadounidense en Teherán en 1979, en los momentos en que la sede consular gringa es invadida por los seguidores del Ayatolá Jomeini, cuando en Irán se instauró un régimen fundamentalista del Islam frente al que, según la narrativa manipuladora de Affleck, Estados Unidos (EE. UU.) asume la defensa de los valores de la “democracia” y la “libertad”, ya que los persas son la encarnación del “mal”.

Otro ejemplo de ese uso político es Homeland (2011), un thriller “psicológico” hecho para la televisión estadounidense en el que, una vez más “está en juego la seguridad nacional” de EE. UU.  pues, según la trama de esta serie, un “marine” secuestrado por Al-Qaeda se convierte en enemigo de esa nación.

En 2014, la serie televisiva estadounidense Legends en su tercer capítulo, acusa a Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, de haber comprado armas químicas para utilizarlas en contra de los opositores en las manifestaciones que éstos realizan.

En la serie es un agente del FBI quien entrevista a un terrorista venezolano, quien da la información sobre este supuesto “crimen” en contra del pueblo del país sudamericano.

Obviamente, el mundo ha sido testigo de que el gobierno de Maduro no utilizó en ningún momento esas armas químicas en las manifestaciones que han realizado los opositores a su régimen; por el contrario, los actos más violentos han sido los que la derecha venezolana ha ejecutado para desestabilizar al actual gobierno de ese país (asesinatos, atentados explosivos, linchamientos, etc.). 

Después del derribamiento de las Torres Gemelas de Nueva York en 2001 –hecho que fue el mejor pretexto que tuvo EE. UU. para invadir Afganistán e Irak– la intromisión del gobierno yanqui en el cine se hizo más patente y más cínica, pues aprovechando la ola de patrioterismo que cundió en ese periodo, hubo una reunión entre los magnates de Hollywood y el subjefe del Estado Mayor del entonces presidente George Bush, Karl Rove (famoso por aquella frase: “ustedes creen lo que nosotros queremos que crean”), para discutir “cómo la industria cinematográfica podría contribuir en la lucha contra el terrorismo”. 

Desde entonces han sido muchas las cintas que se han dedicado al “lavado de cerebros” para “mantener en alto el espíritu de la lucha en contra del terrorismo global”. Sin embargo, entre las mentes más lúcidas siempre se ha mantenido la duda sobre quién patrocina al terrorismo islámico.

¿No son los mismos halcones del gobierno yanqui quienes han financiado al Estado Islámico (ISIS)? ¿Acaso la ola de atentados terroristas islámicos que ha azotado Europa, dada su frecuencia, eficacia y daños provocados, no evidencian un patrocinio que va más allá de los afanes antioccidentales de los yihadistas?

Hollywood y toda la industria cinematográfica gringa y sus aliados se han puesto a las órdenes de la CIA y el Pentágono, como lo demuestra el hecho contundente, de acuerdo con expertos en el tema, que son más de 800 películas importantes y más de mil títulos de televisión que han sido intervenidos en los últimos años por esas instituciones clave del imperio más poderoso del planeta.

No hay duda de que el cine –el mal cine– se ha convertido en un arma cargada de mentiras y manipulación mediática que se utiliza con fines geopolíticos.