MOSAICO CULTURAL

La música en el cine

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Aquiles Lázaro Méndez

Ahora nos parece de lo más natural: las películas llevan música. Sin embargo, fue largo el sendero que la música y el cine tuvieron que andar antes de poder fusionarse en la forma que hoy conocemos. Un camino largo pero interesante.
La cinematografía es la más novel de las artes.

El cinematógrafo, que marcó el punto de arranque del cine, fue presentado en Francia por los hermanos Lumière en 1895. A partir de entonces la difusión del nuevo invento fue acelerada y en 1910 en nuestro país hubo varios cinematógrafos que con fines de explotación comercial se dedicaron a hacer giras para exhibir el entonces escaso catálogo de películas.

La ausencia de sonido fue, como se comprenderá, una de las primeras dificultades de la nueva práctica cultural; vale recordar que dicha peculiaridad fue la que dio nombre al llamado cine mudo.

Hoy símbolo de antigüedad, los personajes en blanco y negro que manotean y exageran los gestos faciales, trataban con ello de sostener el discurso narrativo de la proyección, limitando los diálogos –que interrumpían las actuaciones con grandes leyendas– a las partes más indispensables.

La música fue la primera forma de aderezar el mutismo intrínseco de las películas y rápidamente se desarrolló una industria musical dedicada al acompañamiento cinematográfico.

Luego de que fracasaron los intentos de acompañar las proyecciones con un gramófono, pues la calidad de las grabaciones era muy pobre, se intentó hacerlo con música en vivo. Compositores, arreglistas, directores e intérpretes encontraron así un nuevo campo de actividad que proliferó aceleradamente; célebres compositores de música académica como Carlos Chávez, Eduardo Hernández Moncada y Julián Carrillo trabajaron para el cine mudo.

La aparición del cine sonoro en 1927, hasta hoy la más grande revolución cinematográfica, vino a marcar nuevas rutas en la música. La época de oro del cine mexicano (1936-1959) arrastró hasta su cumbre a una parte de la producción musical nacional de la época.

Fue también en este periodo cuando se separaron con cierta claridad la creación musical académica de la comercial, aunque ambas marcharon en estrecha relación con el cine.

En el caso de la primera deben añadirse, además de los compositores ya mencionados, a Rodolfo Halffter y a Silvestre Revueltas. Este último merece mención especial porque algunas de sus composiciones para el cine con el tiempo llegaron a sostenerse por sí mismas como vigorosas y emblemáticas obras del repertorio orquestal mexicano; sirven de ejemplo La noche de los mayas y Redes.

Mucho más conocido es el éxito explosivo que alcanzaron las estrellas musicales en el campo del cine de entretenimiento. Gonzalo Curiel, Manuel Esperón, Joaquín Pardavé y Agustín Lara trabajaron activamente en la composición de canciones y piezas de música incidental destinadas a distintas películas.

Se hicieron también célebres las apariciones en cine de los grandes ídolos de la canción ranchera, entre los que es obligado citar a Pedro Infante y a Jorge Negrete.

La música era un componente tan importante en una película, que proliferó un tipo de cine en el que el elemento musical tenía gran protagonismo dentro del discurso cinematográfico, como en las cintas Los tres huastecos y Dos tipos de cuidado. A la fecha persisten en la memoria colectiva muchas de las canciones más queridas de aquella época gracias a las célebres interpretaciones que hicieron para el cine con las mejores voces de entonces.

Como se ve, es mucho lo que se deben mutuamente la música y el cine, dos prácticas culturales igualmente exitosas como herramientas comerciales lucrativas de gran alcance masivo.