CLIONAUTAS

Un gobierno preparado para la guerra

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Anaximandro Pérez

En su clásico Resumen del Arte de la Guerra, el barón Antoine Henri de Jomini (1779-1869), teórico militar fundamental en la forma actual de pensar y hacer la guerra, se preguntaba “¿es una ventaja para un Estado tener sus ejércitos bajo el mando personal del monarca?”; es decir, en caso de conflicto armado, ¿debe comandar las tropas el jefe de Estado? Jomini respondía que el gobernante debe dirigir las fuerzas armadas solo “si posee capacidad militar y la contienda es de una magnitud digna de él.

Pero si no posee habilidad militar, si su temperamento es endeble, y él es fácilmente influido, su presencia con el ejército, en lugar de producir buenos resultados, abrirá el camino a todo tipo de intrigas.” En este caso, el gobernante se vería asediado por diferentes proyectos de sus comandantes, quienes al tratar de ganarse el favor superior crearían discordia y división entre sus filas, lo que implicaría consecuencias funestas para el Estado.

Según Jomini, lo mejor que puede hacer un jefe de Estado cuando no tiene la capacidad para dirigir la guerra es adoptar lo siguiente: el gobernante debe “estar acompañado por dos generales de la mejor capacidad; uno de ellos un hombre con capacidad ejecutiva, el otro un oficial del estado mayor bien instruido”.

Es decir, lo mejor que puede hacer un Estado involucrado en un conflicto bélico es dar paso a los militares en la administración de las hostilidades.
La política imperial trumpiana está siguiendo abiertamente esos principios jominianos. Veamos.

De acuerdo con un reportaje de la periodista estadounidense Eva Golinger (EG) publicado en  Russia Today, “para ser el presidente que prometió la ‘no intervención’ y ‘América Primero’, en apenas ocho meses (de mandato) Donald Trump se ha convertido en el rey de las guerras”, pues mantiene hostilidades directas o indirectas con naciones como Corea del Norte, Rusia, Yemen, Afganistán y Venezuela; una política discriminatoria hacia los mexicanos y una “guerra racial” en Estados Unidos (EG, 29/08/17).

En consonancia con las formas jominianas, en este clima bélico “Trump ha militarizado la Casa Blanca”. Ha colocado a generales en los cargos más importantes de seguridad y defensa.

Uno de ellos es el jefe de despacho, John Kelly, general de los marines y excomandante del Mando Sur “de 2012 a 2016, cuando Washington intensificó su política agresiva hacia Venezuela”; como asesor de Seguridad Nacional, Trump eligió al respetado general del Pentágono H. R. Mc Master, veterano de las guerras en Irak y Afganistán; y como secretario de Defensa tiene al sanguinario Jim Mattis, “Perro Loco”, veterano de guerra que comandó “las operaciones en Irak y Afganistán más polémicas, incluyendo la masacre de Faluya, en Irak 2004”.

De acuerdo con Golinger, en Estados Unidos no es común delegar mandos superiores a militares distinguidos, pero la actual administración lo ha hecho. Por ejemplo, “para asegurar el control civil sobre las Fuerzas Armadas estadounidenses no está permitido que un militar ocupe el cargo de secretario de Defensa hasta por lo menos siete años después de su retiro oficial del servicio militar”. Para que Mattis ocupara su secretaría el Congreso, de mayoría republicana, hizo una excepción (EG).

La militarización también está en otras medidas del gobierno de Trump, como la “inclusión de ejecutivos y consultores vinculados con grandes empresas del Complejo Militar Industrial, como Lockheed Martin, Raytheon y Dyncorp” (EG). De esto se deduce que la militarización responde directamente a las necesidades del gran capital estadounidense, compuesto, entre otras cosas, por una sección dedicada a la fabricación de armamento.

Por último, si a lo anterior sumamos las declaraciones de Trump sobre la posibilidad de intervenir militarmente en Venezuela, y las sanciones políticas y económicas contra venezolanos, norcoreanos, sirios y rusos, y un largo etcétera de medidas de presión contra otros países que quieren autodeterminar sus destinos, es evidente que el país vecino del norte quiere provocar la guerra.

Por eso la estrategia jominiana: Estados Unidos quiere conducir la guerra de la manera más fructífera para sus intereses, lo que solo se podría realizar poniendo al mando de sus ejércitos y sus recursos a militares experimentados, respaldados por la elasticidad que el gran capital puede dar a la riqueza social.