TRIBUNA POÉTICA

Apolonio de Rodas
La reinterpretación del mito de los argonautas

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Tania Zapata Ortega

Apolonio de Rodas (295-215 a.C.) es uno de los tres principales poetas del periodo alejandrino o helenístico. Extensa es la polémica en torno a la autenticidad de una encarnizada enemistad literaria con Calímaco de Cirene, de quien fuera discípulo y sucesor en la biblioteca de Alejandría; hay estudiosos que sostienen que se trata de una personificación de la lucha entre dos posiciones estéticas, la que se negaba a abandonar las formas de la poesía homérica y la que propugnaba por obras breves y unitarias.

Empeñado en la resurrección de la épica, Apolonio encarna, junto a Calímaco, el ideal del poeta docto, erudito, y su propuesta estética se impondrá durante siglos. Sus Argonáuticas, obra compuesta de cinco mil 835 hexámetros y dividida en cuatro Cantos, es el prototipo del poema extenso adaptado a los nuevos gustos literarios; en él retoma el arcaico mito de Jasón y los Argonautas y su accidentado periplo para conseguir el vellocino de oro y volver a su patria, enfrentándose a numerosas pruebas que pueden superar con la ayuda de Medea, joven princesa de Colcos experta en encantamientos y enamorada de Jasón.

El mito del vellocino de oro, de antiquísima factura, y recurrente en la literatura griega arcaica, tiene un tratamiento distinto en Apolonio; lejos quedan los héroes homéricos, reflejo de un tiempo en el que la épica estaba íntimamente ligada a la religión.

Los trabajos encomendados a Jasón y a sus extraordinarios compañeros no podrían destinarse más que a ellos, pero el “realismo helenístico” no enfatiza su ascendencia divina sino su condición humana, sus debilidades.

Los dioses no son ya aquellos temibles entrometidos y su ira y venganza apenas se manifiesta en deidades secundarias; su interacción con los hombres ha desaparecido y Jasón no es ya el prototipo del héroe antiguo, al modo de Hércules, cuyo abandono por los argonautas en el primer Canto simboliza la renuncia a la vieja epopeya; desde el principio, Jasón revela su carácter oportunista, pragmático y los reproches de Medea lo confirman

Esónida, ¿qué plan es ése que habéis tramado respecto a mí? ¿Acaso los triunfos te han hecho caer por completo en el olvido y nada te preocupas de cuanto me decías, dominado por la necesidad? ¿Dónde han ido los juramentos por Zeus Suplicante, dónde las dulces promesas? Por éstas yo indecorosamente, con impúdica voluntad, abandoné mi patria, la gloria de mi casa y a mis propios padres, que eran para mí lo más querido, y lejos, sola, soy llevada por el mar con los tristes alciones a causa de tus trabajos, para que, a salvo por mí, cumplieras las pruebas frente a los toros y frente a los terrígenos. ¡Que también algún día te acuerdes de mí, consumido en tus fatigas, y el vellón, como un sueño, se te escape desvanecido al Erebo! ¡Que a ti fuera de tu patria enseguida te expulsen mis Erinis, por cuanto yo misma he padecido a causa de tu crueldad!

La unidad y la arquitectura del poema se sostienen gracias a la presencia de la nave Argo y de los compañeros de aventuras de Jasón, que no representan ya al héroe homérico individual, sino al ideal de colectivo “democrático”; la erudición del poeta se detiene en los detalles históricos y geográficos del mundo antiguo, en sus rituales, monumentos, y tradiciones.

En resumen, las Argonáuticas no pueden considerarse plenamente una epopeya en sentido clásico; en cambio, cuando el poeta deja hablar a los atormentados personajes, se consagra como un gran conocedor del alma humana y sus contradicciones, demostrando que la lírica es la expresión genuina de la poesía alejandrina. Son famosos los monólogos de Medea, la esposa abandonada, humillada, que imagina una venganza atroz para el infiel, y se debate entre la pasión y la racionalidad, entre el deseo y la lealtad.

Incluso, muerta, se mofarán de mí después con burlas. La ciudad entera muy lejos pregonará mi destino; llevándome de boca en boca por todas partes, las mujeres cólquides murmurarán cosas indignas: “la que murió por cuidarse tanto de un hombre extranjero, la que deshonró su casa y a sus padres por ceder a una impúdica pasión. ¿Qué deshonra no habrá para mí? ¡Ay, qué desgracia la mía! En verdad mucho mejor sería dejar la vida esta misma noche en mi alcoba con un destino insospechado, y escapar a todos los viles oprobios antes de cometer esos actos ignominiosos e innombrables.

La Medea de Apolonio marca el perfil psicológico al que retornaron siempre los grandes autores fascinados por el mito, cuya versión completa se debe al poeta de Rodas. El intenso sufrimiento de Medea fue modelo para la Dido de Virgilio.

Yo misma, la que he perdido mi patria y a mis padres, mi casa y toda la alegría de mi vida, en cambio para vosotros he logrado que habitéis de nuevo patria y moradas, y aún veréis con ojos dichosos a vuestros padres. Pero a mí un penoso destino me arrebató la felicidad y, aborrecida, vago errante con unos extraños.