CLIONAUTAS

Venezuela y “el fin del ciclo progresista”

/facebook @twitter
Carlos Ehécatl  

Hace poco tiempo algunos analistas de la geopolítica latinoamericana acuñaron el término “fin del ciclo progresista” para señalar que el “giro a la izquierda” que dio América Latina a principios del siglo XXI había acabado.

Los gobiernos de Chávez, Lula, Evo, Correa, Mujica y Kirchner dieron una nueva esperanza a la izquierda de América Latina y el mundo; pero el triunfo electoral de Macri en Argentina dio comienzo a un reempoderamiento de la derecha y al respectivo debilitamiento de la izquierda. 

En poco tiempo, el prometedor panorama de principios de siglo entró en crisis: Maduro ocupó el lugar de Chávez, Dilma el de Lula y Temer el de ella, Lenín el de Correa y Tabaré el de Mujica; el único que se mantiene es Evo. En el terreno de los organismos regionales también se hizo palpable esta transformación.

La Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (Alba), fundada por Castro y Chávez, perdió importancia, así como la Unión de Naciones del Sur (Unasur); mientras tanto, Washington instrumentó la Alianza por el Pacífico (México, Colombia, Perú y Chile) y su invento ganó fuerza en los últimos tiempos. A esto llaman “fin del ciclo progresista”.

¿Cuáles son las causas de este tropiezo de la izquierda? Hay tres. La primera es la imposibilidad de mantener una economía boyante en una coyuntura crítica. Todos los países de la región han mantenido por siglos una estructura productiva que los hace depender de la exportación de materias primas (commodities): gas, petróleo, productos agrícolas, metales, etc.

Durante la primera década del siglo, las materias primas que exportaba América Latina gozaron de precios altos, lo que hizo posible que los gobiernos de izquierda aplicaran grandes cantidades de recursos a los programas sociales. Cuando los precios de las materias primas se desplomaron, los ingresos de los gobiernos cayeron y las economías nacionales entraron en problemas.

Una economía diversificada, que no dependiera de un solo producto, habría amortiguado el golpe. Chávez y demás presidentes lo sabían, pero cambiar la estructura productiva de un país no toma un año sino varias décadas.

La segunda causa es la reorganización de la derecha regional. El modelo económico neoliberal, que mostró la cara más feroz del capitalismo, llevó a América Latina a una polarización económica y social inédita. Ante este panorama desolador, las masas populares abrazaron los proyectos antiimperialistas y socialistas que surgieron en la región y dieron la espalda a los cantos de sirena de los partidos de derecha.

El triunfo de los gobiernos de izquierda fue la materialización del hartazgo que existía en amplias capas de la población.

Sin embargo, al cabo de algunos años de gobiernos izquierdistas, las clases poderosas y sus representantes comenzaron a superar la reciente derrota, y aprovecharon el desgaste político que sufrían sus opositores en el poder. Por eso Macri logró llegar a la presidencia de Argentina por medio de las votaciones; también por eso Temer pudo concretar un golpe de Estado “blando” en Brasil sin que la gente se lo impidiera.

La tercera causa, por último, es la falta generalizada de partidos políticos fuertes, con un funcionamiento interno a prueba de todo y con cuadros capacitados para dirigir los distintos procesos nacionales. Es decir, que los partidos de izquierda no tienen líderes que le den continuidad a los avances logrados.

Esto quedó muy claro con la salida de Mujica y la entrada de Tabaré; la salida de Lula y la entrada de Dilma; la salida de Correa y la entrada de Lenín y la muerte de Chávez y la entrada de Maduro.

Es en las manos de esta segunda generación de dirigentes cuando la izquierda ha empezado a tropezar. No es casual que Evo tenga ya tantos años gobernando y que quiera reelegirse: no hay alguien que pueda sustituirlo y llevar a Bolivia por la senda que se ha trazado en los últimos años.

La necesidad de mantener a una misma figura en la presidencia por varios periodos descubre una de las debilidades más importantes de los partidos, que es la falta de una educación política constante y profunda para crear cuadros competentes.

Hoy solo quedan tres países de la América Latina rebelde: Cuba, Bolivia y Venezuela. Y esta última se debate entre la vida y la muerte. El golpe “suave” que el imperialismo estadounidense y la burguesía venezolana han preparado desde hace tiempo ha avanzado cuidadosamente y hoy tiene acorralado al chavismo.

Aunque nuestro deseo más profundo es que triunfe el proyecto bolivariano, no sabemos cómo terminara la batalla de Venezuela.

Pero una cosa es segura, y es que si cae Venezuela, América Latina volverá a una situación parecida a la de los años 90: con una pléyade de gobiernos de derecha y solo con la heroica Cuba defendiendo a los trabajadores de nuestra región.

¿Estamos entonces ante “el fin del ciclo progresista”? Quizá sí; quizá el imperialismo estadounidense y sus aliados locales ganen una batalla más contra los trabajadores de América Latina.

Sea cual fuere el resultado de la coyuntura actual, los revolucionarios de nuestra región deberán sacar lecciones de las derrotas sufridas y prepararse para el nuevo combate.

Porque el fin de esta etapa esperanzadora no significa la aniquilación definitiva de las luchas populares, pues éstas continuarán mientras nuestras sociedades se rijan bajo la lógica de la explotación del hombre por el hombre. Puede que esté perdida la batalla, pero en la guerra, saldremos victoriosos.