SEXTANTE

El intruso

 

No cabe duda que en el cine pueden repetirse una y otra vez los viejos esquemas argumentales,  sin importar lo trillado de los guiones de las cintas.

Así ha sido y seguirá siendo la cinematografía comercial, la que sabe explotar fobias, ansiedades y “exigencias” de millones de espectadores, a los cuales el “libre mercado” ha sabido “educar” para que estén ávidos de consumir sus productos “chatarra”. 

Cuando digo productos “chatarra” obviamente no solo me refiero a los alimentos clasificados dentro de esta categoría, sino a todas las mercancías y bienes de servicio que sin ser básicos o indispensables para todas las personas los expertos del marketing neoliberal han hecho “necesarios” para que grandes conglomerados humanos se sientan “elegantes” o “modernos” mediante su consumo, o simplemente para que no se consideren un “cero a la izquierda”, “muy atrasados” o “cavernícolas”.

Por eso vemos que cuando salen a la venta teléfonos móviles con la tecnología más avanzada, hay decenas o centenas de miles de consumidores que, movidos por la manipulación publicitaria de las empresas fabricantes, hacen fila hasta dos o tres días para adquirirlos a fin de no quedarse atrás de su participación en el uso de esos “maravillosos” engendros de la tecnología de telecomunicaciones.

Este desenfrenado consumo irracional contrasta tristemente, por supuesto, con la incontrovertible existencia de miles de millones de seres humanos que en la Tierra viven sin poder disponer de alimentos, vestidos, viviendas dignas y servicios de agua potable, drenaje, energía eléctrica, escuelas, hospitales, carreteras, etcétera.

La cinta que hoy comento, El intruso (2016), de John Moore, es precisamente un ejemplo de cómo el arte cinematográfico se prostituye y se convierte en un producto “chatarra”, cuyo único fin es exprimir dinero a los cine-espectadores sin preocuparse lo mínimo por brindar una visión estética y realista de la historia que aborda.

En este filme, Mike Regan (Pierce Brosnan) es un empresario de la industria aeronáutica que, como cualquier magnate, tiene un apetito voraz de ganancias y para acrecentar su capital incursiona en el mercado bursátil, cotizando por encima de lo recomendable sus acciones en la bolsa pero, para su mala fortuna, conoce a Ed (James Frecheville), un experto en tecnologías de la información que se hace pasar como ex empleado de la NSA (Agencia Nacional de Seguridad de Estados Unidos).

Cuando Ed es invitado a reparar el servicio de internet de la casa de Mike, conoce a su hija –una chica de 17 años– e intenta relacionarse con ella, pero Mike se lo impide y ello provoca que aquél utilice todas sus artimañas tecnológicas para hundir su empresa, entre las que resalta la publicación de un video en el que la jovencita aparece masturbándose en el baño… Entonces Mike contrata los servicios de un “limpiador” de hackeos que resuelve el problema.

Al final triunfa el “bien” sobre el “mal”, reproduciendo finalmente el trilladísimo argumento del “monstruo” que atenta contra la estabilidad de la familia rica (y “buena”) que finalmente derrota a la “mala” del clasemediero o “pobre” en Estados Unidos.