PHILIAS

Los estudios del genoma humano:
el dilema entre curar y mejorar las razas humanas

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Indalecio Mejía

Desde que en 1953 J. Watson y F. Crick develaron el secreto de la base bioquímica de la herencia –con el descubrimiento de la doble hélice formada por el ADN– tuvo que pasar casi medio siglo para que fuera completada la secuencia del genoma humano, es decir, la cuantificación y despliegue de los aproximadamente 20 mil 500 genes que lo componen.

Como es sabido, la trasmisión de la información genética de una generación a otra, de los caracteres de padres a hijos, se da mediante sustancias compuestas por ácidos nucleicos llamados ADN y ARN, encontradas en el núcleo de las células y en otros de sus componentes.

Para alcanzar dicha conquista científica –de invaluable progreso para el futuro de la humanidad– se llevó a cabo uno de los proyectos de investigación más ambiciosos y prometedores de la última década del siglo pasado: el proyecto del genoma humano, pues empezó en el año de 1990 con una inversión inicial del orden de los tres mil millones de dólares y la participación de un selecto grupo de países desarrollados, entre ellos Estados Unidos, Japón, Inglaterra, Alemania, Francia y China.

El objetivo principal del proyecto era descifrar la secuencia completa de los genes humanos, de los códigos de información que se heredan de los padres a los hijos, como ya queda dicho. Diez años después de iniciados los trabajos, en el año 2000, fueron dados a conocer los primeros resultados, pero paralelamente otra investigación de carácter privado reveló también sus datos: el proyecto Celera.

Así, con la publicación de ambos resultados en revistas científicas de prestigio como Nature y Science, respectivamente, se dio  un gran salto en la medicina y seguramente con grandes repercusiones en la salud pública mundial, pues mediante nuevos estudios podrá conocerse el origen genético de muchas de las enfermedades raras, atenderse y curarse con grandes probabilidades de éxito.

No obstante que dichos avances son positivos para el género humano en su conjunto, existe el riesgo de que algunos estudios deriven y permitan la vuelta a ideas retrógradas como las que hacían alusión a una “raza pura” o al “superhombre”, fueron propias de la época nazi y, lamentablemente, hoy no están plenamente desarraigadas en algunas naciones.

Esto puede ocurrir porque en la medida en que mejoren las técnicas para identificar los genes portadores de la inteligencia, el buen parecido, el color de piel y ojos, etc., podrían sentarse las bases para el resurgimiento del llamado darwinismo social en otra de sus facetas y de mayor peligro: la experimentación humana.

En conclusión: en una época en que se debate contra los organismos genéticamente modificados, tanto vegetales como animales, mismos que hasta ahora no se ha demostrado fehacientemente su perjuicio a la naturaleza en general, pues se sabe que muchos de los alimentos que hoy consumimos tienen ese origen y no hay todavía evidencias científicas definitivas que prueben algún daño a la salud humana.

Y, por el contrario, si no se ponen límites a las investigaciones biomédicas para que el objetivo de ellas sea exclusivamente curar y no mejorar alguna raza humana, estaríamos abriendo la puerta a las tentaciones de grupos de poder que desde siempre se han creído superiores al resto de la humanidad y con derecho natural a perpetuarse a como dé lugar, como bien expresó el famoso oncólogo estadounidense de origen indio, Siddhartha Mukherjee, en una entrevista para el diario español El País, al señalar textualmente que el acceso a la genética podría crear una clase social superior. Ni más ni menos, el riesgo está latente. No lo olvidemos.