ESCAFANDRA

Fernando de Alva Ixtlixóchitl
y su Historia general

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Ángel Trejo

Fernando de Alva Ixtlixóchitl nació en México-Tenochtitlán en 1578, fue bisnieto del penúltimo tlatoani azteca Cuitláhuac y del último tlatoani de Texcoco, Ixtlixóchitl; se formó intelectualmente –ya dentro de la cultura hispánica- en el Colegio de Santa Cruz de Tlaltelolco; fue traductor del Juzgado de Indios de la Real Audiencia de México y durante gran parte de su vida se dedicó a rescatar historias, cantares y mitos prehispánicos de códices y versiones orales para elaborar una visión distinta del pasado de sus ancestros, en particular la de Texcoco. Murió en 1648 en la capital de Nueva España.

Fue autor de unas Relaciones sobre los toltecas; una Historia chichimeca (incompleta) y una Historia general de esta Nueva España, en cuyos compendios resalta la abundancia informativa aunque no el orden ni el rigor crítico, ya que para “encontrar la verdad” de ciertos sucesos –dice Carlos González Peña- es necesario contrastar su versión con la de sus predecesores inmediatos –mestizos como él- Hernando de Tezozomoc y Diego Durán.

En la obra de Alva Ixtlixóchitl hay dos objetivos “políticos” que la hacen incompatible con la ciencia histórica pero al mismo tiempo muy atractiva: el ya citado propósito de aportar una versión diferente de la historia antigua de México –en particular con la de Tezozomoc,  Durán  y Juan de Torquemada y su Monarquía Indiana- y demostrar que los sucesos históricos de su patria estaban a la par de la de otros polos civilizatorios del orbe.

Esta intención es claramente manifiesta en su dedicatoria: “las cosas acaecidas en este Nuevo Mundo no fueron menos que las de los romanos, griegos, medos y otras repúblicas gentílicas que tuvieron fama en el Universo; aunque con la mudanza de los tiempos y caída de los señoríos y estados de mis pasados, quedaron sepultadas sus historias; por cuya causa he conseguido mi deseo con mucho trabajo, peregrinación y suma diligencia en juntar las pinturas de las historias y anales”.

La Historia general de esta Nueva España comienza con el relato del mito mesoamericano de las cuatro soles o edades: el sol del agua (Atonatio), que culmina con la extinción de los primeros hombres a causa de un diluvio; el de la tierra (tlalchitonatiuc), terremoto que acabó con los quinametitzúcuil (gigantes); el del viento (hecactonactiuh), que igualmente destruyó todo, excepto a unas monas que tras breve reinado fueron desplazadas por los olmecas xicalanas, venidos del “oriente”, y la edad del fuego (tetlanatiuh), que dio paso a la aparición de los toltecas, quienes en el año 387 llegaron del mar del sur, tomaron tierra en Huatulco y tras largo merodeo por Tuxtepec, las costas de Xalisco y el mar del norte, arribaron primero a Tulancingo y luego a Tula, donde sentaron cabeza y fundaron un imperio que se extendió a Culhuacán (Valle de Anáhuac), la Huasteca y la Sierra Norte de Puebla.

El imperio tolteca, según Ixtlixóchitl, se auto-destruyó en el año 963 con la huida de Quetzalcóatl al oriente, vía Cholula, quien posteriormente fue sustituido por las huestes del rey chichimeca Xolotl, progenitor de los Estados de Tlacopan, Azcapotzalco y Texcoco, antes del arribo de los mexicas (aztecas) en el siglo XIII.