CULTURA

Comentario sobre el desarrollo cultural
en Latinoamérica

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Aquiáhuatl

Es una verdad incontrovertible que el esplendor cultural de una sociedad aparece una vez que los grupos humanos han creado condiciones materiales favorables –excedentes en la producción de los medios de vida- para que un sector, así sea minúsculo, pueda emplearse en crear arte. Ninguna sociedad sostiene lo prolijo si carece de lo indispensable.

No se trata solo de no morirse de hambre, rebasar lo estricto es apenas el primer paso. Ahora bien, ¿el subdesarrollo económico implica también, siempre, subdesarrollo cultural? A diferencia de las ciencias, el arte no se produce solo en condiciones de abrumadora bonanza material aunque ésta es, desde luego, un aliciente poderoso.

El ser humano, aun en condiciones de carencia o adversidad, puede desarrollar expresiones artísticas sublimes, de otro modo no nos podríamos explicar el arte prehistórico de los murales de Altamira o las conocidas Venus del paleolítico.

Pero también es cierto que una sociedad que en términos cuantitativos desarrolla el número de centros sociales donde se fomenta la cultura -templos, conventos, academias, universidades, etc.- tendrá mayor producción de artistas profesionales y, por lo tanto, más producción artística, desarrollando, a la par, el perfeccionamiento técnico y su profesionalización.

 En este orden de ideas, podemos comprender por qué era mucho más probable que en las sociedades capitalistas de la  Europa del siglo XIX se forjaran las llamadas vanguardias artísticas y que por varios años fuera considerada el centro cultural del mundo.

No está de más decir que esas condiciones de progreso económico de Occidente existen solo por el despojo y el sometimiento de los pueblos en otras latitudes del planeta.

Por eso la historia del arte y la literatura de los países de América Latina, en sus primeros años de vida independiente, tienen un estrecho nexo con lo logrado en sus antiguas metrópolis. Aunque no debemos caer en el simplismo calificando a las obras de arte de esa época como burdas copias de lo que se producía del otro lado del océano. Numerosos estudios señalan las particularidades del romanticismo latinoamericano con respecto al producido en Francia y las diferencias no son desdeñables; sin embargo, lo “latinoamericano”, lo verdaderamente distintivo aún no era lo hegemónico en aquellas obras. 

En nuestro país el acento en “lo mexicano” se fomentó una vez que sucedió la Revolución, proceso que, contrario a lo que se piensa, impulsó aún más el capitalismo dependiente (sobre todo en su faceta de proveedor de materias primas a las metrópolis) e hizo “progresar”, en términos muy generales, al resto de las naciones sudamericanas.

Por ello, el boom literario latinoamericano nunca fue un hecho prefabricado por las casas editoriales. Tampoco es verdad que este movimiento fue posible solo por la decadencia artística europea de aquella época. Aunque ambos factores contribuyeron de algún modo al boom, no lo sustanciaron. Tampoco podemos caer en la esquemática conclusión de que el desarrollo del capitalismo, así sea en su fisonomía subdesarrollada, es indispensable para crear ese momento cumbre.

Hay otros motivos. Debemos recordar que para entonces el sentimiento de inferioridad de nuestros artistas estaba desapareciendo, en gran parte porque el sometimiento político de las potencias con sus deplorables consecuencias se hacía cada vez más patente.

A pocos les podrían resultar indiferentes las calamidades que sufrían nuestros países sin relacionarlas con la opulencia de los europeos. No se trataba de renunciar a reconocer lo más bello producido en Europa, pero ahora se le asimilaba de otra manera.

Carpentier confesaba su admiración por el movimiento surrealista, pero creía que “lo maravilloso” que los franceses buscaban en lo onírico, en nuestro continente se encontraba en lo cotidiano, en lo peculiar de nuestros pueblos y nuestra gente; que lo maravilloso estaba en la propia realidad latinoamericana, tan fantástica como los sueños más surrealistas de aquéllos. 

Cortázar lo pensaba, por su parte, como una ironía, pues este resplandor literario se dio, paradójicamente, en el momento histórico “en que el imperialismo de los Estados Unidos quería (y aún quiere) convertir a nuestro continente en una gran factoría o en su colonia”, como si ese sometimiento económico reafirmara nuestra identidad y, con esto, estimulara un modo distinto de hacer literatura.

Esto se confirma cuando repasamos el papel de conciencia crítica que jugaron los protagonistas del boom en política, ya sea a favor del socialismo, como ocurrió en la mayoría de los casos, o en contra.

Así pues, no es peregrino pensar que ante las condiciones tan lamentables que hoy nos impone el imperialismo estadounidense (guerras, violencia, trivialización cultural, etc.), Latinoamérica deba adoptar otra vez un papel preponderante para salvar a la cultura y a la humanidad de su propia destrucción.