LA BRÚJULA

La prensa porfiriana de nuestros días

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Capitán Nemo

Es curioso ver cómo los profesionales de la pluma, los medios de comunicación y en general la prensa de nuestro país, no logran visualizar que el verdadero problema en México es la enorme desigualdad en que vive la mayor parte de la población y que, de hecho, se ha convertido en un cáncer social que amenaza con colapsar a la sociedad entera.

Se gasta  tinta y más tinta en sesudos análisis para convencernos de lo contrario, pero además se distrae a la sociedad en incidentes por demás superficiales como los “XV años de Rubí”, “la feroz guerra contra el narcotráfico”, “los huachicoleros” o el “espionaje”,  el más reciente de los sucesos.

Así es como el llamado “cuarto poder” juega su papel de servidor fiel de los grupos poderosos del país, decidiendo los temas de discusión de la agenda nacional y dirigiendo la opinión del ciudadano común hacia asuntos que no le conciernen ni le convienen. Salvo en rara ocasiones, algunos medios tocan hechos importantes con la profundidad y la seriedad que se requiere como, por ejemplo, la pobreza, la falta de empleo o los síntomas de los males sociales que están brotando por todos lados. 

Si bien es cierto que en los últimos años el crimen se ha cebado contra periodistas, ello no ha sido provocado por querer acallar la “libertad de expresión”, sino más bien como venganzas personales  contra muchos periodistas que se han inmiscuido en la vida privada de personajes poderosos y utilizan la información como chantaje para hacerse de unos cuantos pesos; o bien porque escriben por encargo recibiendo una buena paga sin importar el daño físico o moral que provocan sus notas. Pero no ha sido el activismo social, como quiere hacerse ver, la causa por la que muchos de los periodistas han sido victimados.

Pagados desde la esfera del poder, o por grupos empresariales, los periodistas del México actual recuerdan a la prensa del Porfiriato, que se desvivía en elogios por la paz y la modernidad del régimen de Porfirio Díaz.

Se sabe que más de la mitad de ellos, nacionales y corresponsales extranjeros, recibía subvenciones y todo tipo de prebendas –grandes fiestas en salones, manjares y regalos costosos– para elogiar las prácticas feudales de la oligarquía mexicana y sostener la idea de que México era una nación próspera y pujante en la esfera internacional.

En su trabajo periodístico titulado México bárbaro, John Kenneth Turner describió cómo la oligarquía estaba de plácemes mientras la servidumbre y el peonaje rural esclavizado era obligado a comprar en las tiendas de raya del propio hacendado, a fin de mantenerlo permanentemente endeudado.

Era forzado a pagar esta deuda que siempre crecía pero que además heredaba a sus vástagos, no teniendo más remedio que trabajar gratuitamente tanto para los empresarios nacionales y los inversionistas extranjeros que en dicho sistema hallaron la forma de hacerse de enormes ganancias. En los campos henequeneros de Yucatán, en las fábricas, en el Valle Nacional o en las minas, la explotación era de tal magnitud que los trabajadores vivían menos de un año.

Hoy las cosas no son mejores para el pueblo, pues el sistema de pago con base en un salario mínimo recuerda con mucho al peonaje de  don  Porfirio. La mano de obra mexicana es casi regalada, por lo que muchos empresarios locales han hecho ganancias estratosféricas debido precisamente a los salarios tan bajos que se pagan  en el país.

Tan mal estamos en distribución del ingreso, que México cuenta con varios multimillonarios que compiten en el ranking internacional de la riqueza mientras más de 100 millones de mexicanos se ahogan en la pobreza.

Y son las grandes transnacionales las que, aprovechándose de la mano de obra barata, de las facilidades otorgadas por el gobierno mexicano y de los tratados de libre comercio, han venido a “salvar” la economía mexicana mediante la elaboración de mercancías altamente competitivas en el mercado internacional.

En días recientes, diversos actores políticos y empresariales como la Coparmex, o grupos de izquierda comenzaron a discutir sobre el salario mínimo. Algunos señalaron la pertinencia de un nuevo aumento emergente porque el anterior, que fue de siete pesos, no provocó inflación. Lo cierto es que en la coyuntura preelectoral de 2018 este aumento se evidencia como demagogia barata, a fin de que el pueblo en su desesperación aplauda a sus benefactores.

Los salarios son la cadena que ata a los trabajadores de cualquiera de las regiones de México. Ya no es necesario engancharlos como en el periodo de Díaz, si legalmente se encuentran establecidas las bases para su explotación.

Esto es así porque además del salario que de por sí es precario, el desempleo masivo priva en el país, creando una trampa perfecta para el trabajador, sin necesidad de usar el látigo para obligarlo a trabajar hasta quedar extenuado ante la amenaza del despido. La legalidad del salario mínimo y la abundancia de mano de obra desempleada actúan como un círculo perverso que garantiza la estabilidad en las fábricas.

De esto, sin embargo, no habla la prensa. Al contrario, busca miles de argumentos para justificar la explotación de los trabajadores. Cuando los pobres se organizan y defienden sus derechos, se lanzan furiosos contra ellos, satanizando a los inconformes y haciéndolos aparecer como peligrosos delincuentes.

Mas debería aprender de la prensa porfiriana, que por más que contribuyó a maquillar  los males terribles de ese régimen dictatorial, al final ninguna pluma pudo resolver el hambre que padecía la gente.

En 1908, Kenneth escribió de forma honesta sobre la realidad social y económica de México y en 1910 dicha realidad se volcó en un movimiento social sin precedentes. Querer ocultar el sol con un dedo solo provoca que al quitarlo éste alumbre con más fuerza. Tiempo al tiempo.