OPINIÓN

Trump y los impuestos… y México

Omar Carreón Abud
Omar Carreón Abud es ingeniero Agrónomo y luchador social en el estado de Michoacán. Articulista , conferencista y autor del libro: Reivindicar la verdad

En su discurso del Día de la Victoria, del día en que la Unión Soviética encabezó la derrota del fascismo en la Segunda Guerra Mundial a la que Vladimir Putin llamó “monstruosa tragedia”, recordó que se debió al “auge de la criminal ideología de superioridad racial”.

¿Está muerta esta ideología? ¿qué se usa para justificar los embates ideológicos, los insultos, las descalificaciones de regímenes como los de Siria, Corea del Norte, Cuba o la propia Rusia, para mantener 800 bases militares que cuestan a los contribuyentes de Estados Unidos (EE. UU.) alrededor de 100 mil millones de dólares al año y, en su caso, lanzar ataques armados?

¿Qué explica, pues, que el imperialismo ataque a otros países soberanos y oprima cada vez más brutalmente a los propios ciudadanos de EE. UU.? Nada que no sea “la criminal ideología de la superioridad racial”; para mí, sigue estando viva.

La “criminal ideología de la superioridad racial” es una forma de encubrir la opresión de clase. Presentar a clases o razas o nacionalidades que son supuestamente inferiores física, mental o políticamente y que necesitan la tutela, la protección y la enseñanza de otros, no importa que sea por la fuerza y contra su voluntad, es una forma de explicar que unos pocos, muy pocos, sean los propietarios de los medios de producción y, por tanto, tengan derecho a quedarse con toda la riqueza producida mientras las mayorías de la tierra no tienen nada.

¿Cómo justificar, pues, que ocho, sólo ocho potentados tengan en sus manos la misma riqueza que media humanidad? Sólo arguyendo, explícita o implícitamente que poseen algún tipo de superioridad innata: que son trabajadores, inteligentes, genios o que son poseedores de la secreta sabiduría económica.

Estas reflexiones vienen a cuento porque me parece necesario ayudar a esclarecer, a comprender en todas sus consecuencias e implicaciones las políticas económicas oficiales de los países en los que la riqueza se concentra cada vez más, políticas que se defienden como dogmas que la gente debe aceptar aunque no pueda comprobar su veracidad, tales como el mito de que el crecimiento económico –cuando existe- implica necesariamente mejoría en el nivel de vida de las grandes mayorías.

Falso. En todo caso, para mejorar el nivel de vida, son indispensables políticas públicas que hagan efectivo el reparto de la riqueza, pero, automáticamente, por efecto la desprestigiada “teoría del goteo”, la riqueza nunca se distribuye justamente entre la población trabajadora.

Estamos ahora ante otro mito de la economía oficial: disminuir los impuestos a las clases ricas, aumenta la inversión, con ella, el crecimiento y, consecuentemente, el nivel de vida de las grandes masas; sintéticamente dicho: se bajan los impuestos a los más ricos, en interés de las grandes masas trabajadoras.

Falso otra vez. En días pasados, el señor Donald Trump, presidente de EE. UU., presentó al Congreso de su país su proyecto de reforma tributaria que fue catalogado por el secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, como “el mayor recorte de impuestos y la reforma tributaria más grande en la historia de nuestro país”.

En realidad, la iniciativa contempla, en su parte sustancial, una inmensa reducción de la tasa impositiva a las utilidades de las grandes empresas que pasaría del 35 al 15 por ciento (sin considerar las maniobras legales y extralegales a las que tienen acceso esos gigantes para eludir sus obligaciones fiscales).

Por si no fuera suficiente, la iniciativa de ley, anula además el pago de impuestos para los herederos de fortunas.

En caso de ser aprobada la iniciativa referida, el Center for Tax Policy, considera que solamente el recorte de impuestos a las grandes empresas (sin considerar el aplicado a las herencias), significaría una reducción de 2.4 billones de dólares a los ingresos del gobierno norteamericano a lo largo de una década. ¿Cómo se va a compensar este inmenso recorte?

“Con un mayor crecimiento económico”, responden los autores; pero eso es una mentira del tamaño del recorte a los impuestos, ya que los aumentos de las ganancias solo incrementan el poder de las empresas y, por tanto, su capacidad para evadir impuestos, no aumentan de ninguna manera su sensibilidad social.

Aunque ya dije que crecimiento económico no implica mejoramiento en los niveles de vida, creo indispensable añadir que hay estudios serios que sostienen que tampoco causan crecimiento económico: el Servicio de Investigación del Congreso de Estados Unidos ha estudiado los recortes de impuestos a los más ricos desde 1945 y no ha detectado ninguna correspondencia con el crecimiento económico.

La reducción de ingresos del gobierno significará una reducción drástica de los ya reducidos programas sociales para atenuar la pobreza que existen en EE. UU., por una parte y, por la otra, un mayor endeudamiento del gobierno que implica, necesariamente, un aumento significativo de los créditos otorgados por los grandes usureros que, como ya se sabe, padecen congestionamiento de dinero en sus cajas de seguridad.

Estamos ante políticas de clase que se justifican diciendo que se trata de “hacer crecer nuestra economía y crear empleos”.

Según el ya citado Center for Tax Policy, más de la mitad de los beneficios de esta nueva política tributaria serán acaparados por el cinco por ciento de las familias más ricas del país y el 20 por ciento de los beneficios será absorbido por el 0.01 por ciento de los más ricos de EE. UU., la élite de la élite, pues. Y no es casualidad, el gabinete de Donald Trump es el más rico en toda la historia de EE. UU.

Ahora bien, si tomamos en cuenta que cuando EE. UU. promovió al Estado benefactor, México promovió al Estado benefactor y, cuando EE. UU. decidió lanzarse al neoliberalismo adorador de los mercados, México lo siguió incondicionalmente; no sería ningún abuso esperar que esas reducciones a los impuestos a los más ricos y poderosos se repliquen disciplinadamente en nuestro país, más fundamentada estaría esta conclusión, si recordamos que uno de los aspectos de la reforma fiscal que causó molestia de los empresarios más poderosos en contra del entonces secretario de Hacienda, Luis Videgaray, fue precisamente que consideraron que se les hacía pagar demasiados impuestos.

Pero si también tomamos en consideración que tiene mucho de cierto aquello de que cuando a EE. UU. le da gripa a México le da pulmonía, la aplicación de una política fiscal en nuestro país como la que pretende aplicar Donald Trump en EE. UU., significaría una verdadera catástrofe y no solo para las clases más pobres, sino, incluso, para amplios sectores de las clases medias.

El gasto del gobierno ya está recortadísimo, no funciona como herramienta para redistribuir la riqueza, los programas sociales, la obra pública y los servicios están reducidos a su mínima expresión, existe una inmensa deuda gubernamental que se agranda hasta extremos escandalosos si se le suman las deudas de las entidades federativas y los municipios, solo por mencionar algunos de los síntomas de la grave crisis nacional.

Mucho más sensata, objetiva y alejada de los mitos de la economía oficial en boga en EE. UU. y en México, resulta ser la recomendada por los expertos de la Comisión Económica para la América Latina (CEPAL), quienes hace dos meses señalaron en el informe anual de Estadísticas tributarias en América Latina y el Caribe (1990-2015), que la región recauda un promedio de 22.8 por ciento del PIB, mientras que en los países de la OCDE, a la que pertenece México, recaudan un 34.3 por ciento en promedio y dijeron que “cuando hablamos de que América Latina debería reforzar su músculo fiscal no es aumentando los impuestos a su clase media, que ya paga una cantidad sustancial, sino revisar las numerosas exenciones fiscales, reforzar los impuestos sobre la renta a los ciudadanos con mayores ingresos y luchar contra la evasión fiscal”.

Así de claro. En fin, la región recauda, como queda dicho, por debajo de la media de la OCDE, el 22.8 por ciento, México, solo el 17.4 por ciento del PIB; saque usted sus cuentas.