CULTURA

El humanismo del arte

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Alan Luna

Para definir el carácter humanista del arte antes es necesario definir el humanismo en general. Éste, como posición filosófica, es la teoría que escruta la esencia del hombre en todas sus actividades; es decir, el humanismo es una teoría que parte del hombre como objeto y centro de toda reflexión.

Esto, desarrollado en grandes dimensiones, lleva a los humanistas a tratar de reivindicar al hombre en general y no solo una parte de él. En otras palabras, nos lleva a considerar las pasiones y los intereses de todos los hombres y no solamente de una parte de ellos.

Es cierto que en una sociedad dividida en clases sociales es necesario, para la transformación revolucionaria, reivindicar los intereses de la clase explotada; pero ésta es también una visión humanista en dos aspectos.

Primero, porque los explotados, los marginados, son la inmensa mayoría; en una sociedad donde se procuran los intereses de una minoría muy reducida, la acción de extender el bienestar económico y espiritual a un sector más amplio de personas es querer combatir una visión del mundo anti-humanista.

En segundo lugar, porque esta revolución que busca llevar el bienestar del hombre nos permite poner las bases para una reivindicación mayor; a saber, la de buscar una superación total de la humanidad y donde todos seamos valorados como iguales y no haya necesidad de diferenciar entre el que tiene y el que no tiene, entre el rico y el pobre, entre un hombre que es más y otro que es menos. Y esta visión comunista, o como se le quiera llamar, es el humanismo más grande que existe.

Ahora, ¿qué papel tiene el arte en la construcción de esta nueva sociedad? El arte, desde la antigua Grecia, ha servido para mostrar una parte de nuestras concepciones del mundo, pero, en especial, ha representado cómo vemos al hombre dentro de sí mismo; lo que pensamos que debería ser el hombre, lo que valoramos de él, está en el arte.

Los ejemplos se hallan a la mano: en la arquitectura, podemos encontrar elementos que remiten a un cierto humanismo; los templos, en sus dimensiones, están hechos con toda disposición para el hombre, pues en ellos nada escapa al ojo humano.

Los arreglos y las figuras son repetidos conforme a un canon de belleza que tomaba como base la representación real y objetiva de lo que le gustaba al hombre griego.

Es por esto que podemos decir que el arte es un portador de la visión humanista del mundo y como tal no puede alejarse de la esencia del hombre, so pena de alejarse también de su propósito.

Por ello, cuando reclamamos un arte que esté más cercano a las mayorías, no cometemos un acto de imprudencia; al contrario, al devolverle su función, la de producto del hombre en el cual él quiera manifestar su forma de ver el mundo, le devolvemos otra igualmente importante: la de querer transmitir esa misma visión con más fuerza todavía.

El arte, pues, solo puede desempeñar sus capacidades al emparejarse con un humanismo propio de una nueva visión del hombre; la nueva visión que tome en cuenta el interés de las mayorías. Es esta postura, al mismo tiempo, la forma más eficaz de combatir la producción artística que hoy domina, la de crear lo que se venda mejor.