LA BRÚJULA

¿Quién defiende a los maestros de educación superior?

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Capitán Nemo

Ser maestro en México no es fácil. La antes honrosa profesión de maestro se ha degradado de tal forma que ya nadie envidia su otrora estabilidad laboral. La práctica docente se fue viciando al amparo de sindicatos que pervirtieron el trascendental papel que el magisterio tiene en la vida de cualquier sociedad.

Pero los maestros se conformaron con el confort que representaba tener una plaza de por vida; dejaron a un lado su vocación y su misión transformadora; se conformaron con garantizar su ingreso; renunciaron a la posibilidad de educar mexicanos con espíritu crítico y científico y siguieron con esmero las recetas pedagógicas que desde las aulas contribuyen al sometimiento del pueblo en general.

En su pecado llevaron la penitencia, porque ahora que el gobierno agrede directamente a los trabajadores de la educación y los criminaliza, nadie sale a defenderlos, ni sus propios sindicatos que a todas luces se ve que han perdido el rumbo.

Pese a que la reforma educativa no toca la educación superior, a los maestros de este nivel no les va mejor. Según datos de los Comités Interinstitucionales para la Evaluación de la Educación Superior en el país hay cuatro mil 877 instituciones de nivel superior –universidades, normales y tecnológicos– donde laboran 363 mil 695 docentes que ingresaron a estas escuelas mediante exámenes de oposición.

Para trabajar como maestro en estas instituciones –especialmente en las más grandes del país, donde los salarios y condiciones de trabajo son mejores– no basta un buen perfil académico, sino que se requieren “palancas”, “conectes”; es decir, amigos o parientes del grupo político que controla la institución.

En estos centros escolares no importa que el aspirante cuente con maestría o doctorado, porque sus filtros son perversos y lo que requieren no son catedráticos de gran altura, sino docentes que se acomoden a los grupos directivos.  

Y si hablamos de la organización laboral de maestros, salvo las universidades autónomas donde existen sindicatos –la mayoría cooptados por las autoridades gubernamentales– en gran parte de las instituciones de nivel superior está prohibida la sindicalización.

Este hecho propicia que los docentes de estos centros escolares vivan, contrario a lo que se cree, en un clima de constante hostigamiento e inestabilidad laborales, incluso mayores a los que padecen sus pares del sistema básico.

En el nivel superior la mayoría de los maestros cuenta con licenciatura, el 30 por ciento tiene maestría y el 15 por ciento doctorado, según datos del Inegi 2015.

Por ello, puede afirmarse que en las instituciones de nivel superior se concentran las personas más preparadas del país, aunque contradictoriamente hay que reconocer que este alto nivel de preparación poco ha servido para que los docentes ejerzan a cabalidad su libertad y contribuyan a formar estudiantes críticos, toda vez que ante la creciente inestabilidad laboral tratan de pasar desapercibidos y agachan la cabeza ante el miedo de perder su empleo.

Es decir, se encierran en su mundo, poco opinan sobre los grandes problemas nacionales y confundidos se alejan tanto de su gremio como de la sociedad para, aislados, hacerse más vulnerables y desamparados.

Veamos la situación de estos maestros en el estado en Puebla. En esa entidad hay 248 escuelas de nivel superior; datos de la SEP estatal reportan la existencia de 17 mil 847 profesores, que atienden a una matricula de más de 203 mil estudiantes.

El control del gobierno del estado es total y los docentes no tienen ninguna oportunidad de defenderse ni de mejorar sus condiciones laborales. Salvo en algunas instituciones donde se ha permitido un sindicato controlado, la mayoría de los maestros están dispersos y a la deriva.

En las reuniones que tuvo con docentes, el anterior director de Educación Superior dejó muy claras las reglas: “Aquí ustedes vienen a dar clases; si no están de acuerdo pueden irse a la hora que gusten. La prioridad es la preparación de los muchachos; el puesto lo puede ocupar cualquiera”.

Ante esta actitud de menosprecio hacia su labor, el maestro traga saliva y sólo espera pasar desapercibido ante el funcionario para no hacerse víctima de su ira. El docente pierde su dignidad y tiene que soportar todo trato vejatorio.

Amparadas en las formas legales con que cada institución se rige, explícitamente no se permite ninguna forma de organización laboral docente, ni mucho menos del alumnado.

La misma falta de democratización se evidencia en la elección de directores o rectores, puestos que en la mayoría de los casos son responsabilidad exclusiva del gobernador en turno con el aval de las Juntas de Gobierno, en general conformadas por funcionarios de la SEP estatal, algún representante federal, y “personalidades del sector civil”, quienes resultan ser empresarios, líderes políticos o caciques regionales.

Es por ello que las Juntas de Gobierno “universitarias” funcionan como cuidadoras de la moral y las buenas costumbres de las instituciones; es decir son el brazo ejecutor del gobierno estatal para tener bajo control a los centros de educación superior, en cuyas posiciones docentes y administrativas más altas solo pueden estar familiares, amigos o personas comprometidas con los directores o rectores, dejando de lado el papel científico y académico que la institución debería tener.

Por las mismas razones de “seguridad” institucional, los responsables de estos centros escolares solo suscriben contratos laborales de un año y aún existen casos en que los contratos de trabajo son de seis o tres meses, lapsos que no permiten la consolidación de las labores académicas.

Es de este modo como el maestro de educación superior acepta bajos salarios, condiciones de trabajo inadecuadas y se ve sometido por un contrato de trabajo que opera como una espada sobre su cabeza.

Todo esto degenera necesariamente en un ambiente académico viciado y de baja calidad, pues a falta de incentivos el maestro cae en el conformismo y la rutina. En estas condiciones contractuales los maestros no echan raíz en ninguna institución y la movilidad magisterial es muy grande en casi todos los centros de educación superior.

Estando así las cosas nuevamente queda claro que, como dicta la sentencia bíblica: “si con el árbol verde se hacen tales cosas, con el seco qué no harán”.

La situación laboral es grave para todos, pero el control férreo que existe en el nivel de educación superior no permite formar hombres críticos, de bien y dispuestos a cambiar la situación económica que tanto agobia al país.