ARGOS

La lucha de los trabajadores, tarea permanente e impostergable

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Abentofail Pérez

El Primero de Mayo no es un día de fiesta. Conmemoramos en este día la lucha de los trabajadores en todo el mundo, y al decir trabajadores me refiero a aquellos que producen la riqueza con su trabajo dejando literalmente la vida en la fábrica y el campo, y no a quienes la sustraen y la acumulan pagando salarios miserables. Es decir, me refiero a aquellos que logran que el rico se regodee en sus inconmensurables riquezas, mientras apenas pueden obtener lo indispensable para sobrevivir después de ser exprimidos hasta el agotamiento.

El Día del Trabajo, sobre todo en nuestro país, no hace referencia únicamente a los que dejan su vida y su energía en las grandes empresas.

El Día del Trabajo también conmemora al campesino, al colono, al ama de casa, al albañil, etc. Conmemora a todos los que son explotados; a quienes no se les entrega el pago justo a su trabajo; a los que pasan hambre, frío, sed y penurias en general, a pesar de que nunca antes en la historia del mundo habían producido tanta riqueza.

Cuando hablo de “días” conmemorativos, no quiero aludir a las celebraciones banales y consumistas con las que la inteligencia truculenta y vil de la burguesía pretende distraer a los trabajadores de su continua explotación –“día del albañil, de la enfermera, de la madre, del ama de casa, del niño, del maestro, hasta del amor, etc.”– sino de la oportunidad que éstos tienen de recordar que además de esa jornada disponen de otros 364 días para “hacer escuchar” sus reclamos de justicia laboral frente a sus patrones.

Si hablamos del Día del Trabajo, lo hacemos porque es una ocasión que podemos aprovechar para llevar el mensaje a todo hombre explotado de este país; a todo trabajador que antes hubiera prestado oídos sordos a la lucha.

El Día del Trabajo es todos los días, porque el mundo está hecho de trabajo y no hay un solo día en el que no se trabaje. En nuestro país se trabaja las 24 horas, toda la semana, los 365 días del año; por lo tanto, el Día del Trabajo es todos los días.

¿Qué pasaría si el pueblo dejara de trabajar un solo día? El sistema se quebraría. Lamentablemente, con la perfidia que caracteriza al sistema, un día que debía ser de lucha, rebelión y hasta de catarsis, se ha convertido en una verdadera mercancía.

El capitalismo es como el rey Midas, todo lo que toca lo convierte en oro, en mercancía. El único día que le era permitido al obrero salir a la calle a exigir mejores condiciones de trabajo, los empresarios y el sistema neoliberal lo acapararon, lo hicieron suyo y ahora el trabajador ya no tiene siquiera el derecho a protestar o a ser escuchado.

De todas formas es importante saber por qué se celebra simbólicamente el Primero de Mayo: por una represión violenta que el gran capital ordenó en 1866 contra trabajadores industriales de Chicago, en la que cientos de éstos resultaron muertos. Pero fue la Internacional Comunista la que aprovechó esta fecha para unificar el grito de protesta de los trabajadores del mundo.

Y, a todo esto, ¿por qué es importante hablar de la lucha de los trabajadores en México? La respuesta no se limita hoy a la necesidad imprescindible que los trabajadores tienen de organizarse para defender sus intereses, sino también a advertir que su unidad y agrupación son absolutamente indispensables en torno a un mismo ideal político para enfrentar lo que está a la vista: que el mundo se aproxima a una de las peores crisis de su historia, que si el pueblo no se une para salvarse a sí mismo, la gran burguesía va a llevar el conflicto hasta sus últimas consecuencias, que sin lugar a dudas afectarán primordialmente a los explotados, a los menesterosos de la tierra: es decir, a los trabajadores.

Desde su advenimiento, el capitalismo prometió que distribuiría la felicidad en la tierra, que haría a los hombres iguales y fraternos y que la revolución era por y para el pueblo. Todo era falso. Desde que el sistema apareció solo hubo igualdad para los que poseían los medios de producción, mientras que los trabajadores fueron continua y cada vez más explotados.

En México estas conquistas costaron sangre, sudor, lágrimas y miles de vidas humanas desde la primera gran huelga, protagonizada en 1766 por los mineros de Real del Monte, Hidalgo. Luego de esta gesta, vinieron las huelgas de Río Blanco y Cananea en 1906 y 1907, que abrieron paso a la Revolución de 1910 y a la formulación de demandas que mejorarían las condiciones de vida de los obreros, entre ellas la jornada laboral de ocho horas.

¿Qué ha pasado con esas conquistas que tanto esfuerzo costaron?

Han sido arrebatadas nuevamente a los trabajadores, pero ahora con el agravante de que la mayoría de éstos son trabajadores sin cabeza y sin guía, cuya inconformidad se diluye en pura indignación porque la mayoría carecen de organización y los pocos que sí están organizados, están mal representados.

El eco del grito que hace casi dos siglos profirieron los trabajadores del mundo resuena ahora con más fuerza: “Proletarios del mundo, uníos” antes de que sea demasiado tarde.