CULTURA

Arte contemporáneo, arte en crisis

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Aquiáhuatl

Se acepta que los aspectos económicos de una sociedad tienen influencia predominante en la formación de las demás construcciones sociales, entre ellas el derecho, la política, la religión, etc. Por ello, para entender cabalmente algunas de estas construcciones superestructurales, como las llamó Carlos Marx, es casi imprescindible atender las cuestiones económicas de las que surgieron.

En lo tocante al arte no puede ser de otro modo aunque, como dice Adolfo Sánchez Vázquez, el análisis debe evitar la cuadratura, el mecanicismo; o sea, no concluir que todas las artes de una sociedad solo son reflejo burdo de su economía o su espejo al estilo de las ciencias sociales.

Sin embargo, el arte no puede sustraerse del mundo aunque use continuamente recursos imaginativos, los cuales son la parte distintiva de la obra humana. El arte es, ante todo, algo social y, por lo tanto, real.

El arte producido en la etapa clásica de Grecia –siglo V antes de nuestra era (ane) – fue forjado con un afán persistente por imitar a la naturaleza, pues en ella existe lo bello. Esta idea estética era coherente con una idea más general sobre el mundo: ordenado, nada arbitrario, fijado por leyes que le son inmanentes y que propician condiciones para hacerlo cognoscible a los hombres.

Así, pues, si lo bello es lo natural, esto debe ser como el mundo: equilibrado, sin desproporciones, simétrico y, desde luego, matemático; en cambio, lo feo es lo desequilibrado y lo que pierde proporción.

Se recuerda, por cierto, que algunas máscaras del teatro clásico eran fundamentales para poder identificar, desde el primer momento, a quiénes eran los héroes y los feos o deformes siempre eran los malos.

Lo bello era lo bueno y aunque, según esta concepción, ambos valores eran la misma cosa no existía lo bueno sin la belleza. En ese sentido lo bello era, sin duda, una manifestación de una actitud positiva ante el mundo y lo social.

El individuo formaba parte del todo (cosmos) y no concebía su vínculo con este como agresivo para él; por el contrario, solo en el marco de la polis, su colectividad, el hombre griego le hallaba sentido a su vida.

El contraste de esa concepción con la que hoy existe en la sociedad capitalista, sobre todo en su manifestación globalizadora, es brutal.

Es opinión generalizada que en nuestra época suceden dos paradojas aterradoras: la riqueza generada socialmente es inmensa, no así su apropiación, que genera una desigualdad insultante; junto con ella, la relación del individuo con la sociedad es asfixiante, nadie se puede escapar ya de su relación con lo social; la economía obliga a las personas a adherirse a las comunidades pero, paradójicamente, el hombre se siente más vacío, más solitario y su relación con el colectivo lo ve como algo negativo, como algo que le puede causar desventaja o daño; por ello la depresión como enfermedad característica del siglo XXI no es casualidad.

La soledad es profunda o, mejor dicho, el individualismo es colosal. Inevitablemente, el arte se impregna de estas ideas. Éste alude a la abstracción, a la introspección y, aunque el artista recurre a ella para crear, por su conducto llega al paroxismo de la introspección, ocasionando que sus obras tengan poco qué decir al público.

No slo eso, el postmodernismo justifica el hecho en pro de la libertad artística. El artista, ante todo, es libre irrestrictamente. Arthur Danto, esteta contemporáneo, opina de ese modo y afirma que no hay límites para el arte, que este concepto se abre tanto que a veces llega a la laxitud: todo es arte y todos podemos ser artistas, de algún modo.

En mi opinión, esto desemboca en la irresponsabilidad del artista respecto a los problemas de su tiempo, puesto que nadie puede obligarlo a preocuparse por elevar culturalmente a su sociedad.

Por ello no es descabellado decir que el arte está en crisis; que solo cuando tenía resonancia social vivía y que si la creación artística no cambia sus aspiraciones individuales por otras más colectivas podría morir. Las consecuencias de ello profundizarían la deshumanización del hombre de estos tiempos y pondría en riesgo, sin exagerar, su mundo y con ello su existencia misma.