LA BRÚJULA

El capitalista, la mercancía
y la fuerza de trabajo van al mercado

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Capitán Nemo

El sistema económico capitalista requiere para funcionar necesariamente que todo se compre y venda; es decir, para realizarse y reproducirse necesita del mercado. Todos los productos elaborados en las fábricas y en el campo se convierten en mercancías y corren hacia éste para ofrecerse al mejor postor.

De la velocidad con que se realiza esta conversión depende la ganancia del capitalista. Éste actúa en el mercado como un soldado provisto con su arsenal de mercancías para competir en lucha encarnizada con sus pares ante los consumidores.

Al final de cada jornada, los capitalistas se sienten felices y dispuestos a volver al día siguiente a continuar su desenfrenada carrera por vender cada vez más mercancías y obtener mayores ganancias. Y cuando este mercado ya no les es suficiente, abren otros y nuevas rutas comerciales para seguir actuando una y otra vez, como el agua de los ríos, que nunca termina de llegar al mar.

Por ello, el capitalista piensa que su ganancia es justa y producto exclusivo de sus habilidades, ocultando dentro de sí que las mercancías son el resultado del trabajo de otras personas; es decir, de la fuerza de trabajo de los obreros que han creado el valor de éstas y también el de las ganancias del patrón.

El capitalista considera que no debe nada al trabajador porque es dueño de los medios de producción y porque paga su fuerza de trabajo. Sin embargo, las contradicciones inherentes al propio sistema revelan que por mucho que los salarios sean buenos, jamás cubren el valor real del trabajo vertido en las mercancías.

Además de este hecho, el capitalista tiene a su favor el bajo nivel de los salarios, porque en el mercado laboral siempre hay un ejército de brazos caídos –desempleados– a la espera de una plaza y que, por lo mismo, contribuyen a mantener el precio de la fuerza de trabajo muy por debajo de lo que realmente vale.

En México hay al menos dos millones de desempleados, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), aunque también existe una reserva de más de 35 millones de mexicanos en edad de trabajar y que aún no se incorporan al mercado de trabajo.

Por ello, el trabajador es como una mercancía más que en épocas de vacas flacas se vende al precio que sea y que, como toda mercancía, tiene que demostrar que sus cualidades y su disposición hacia el sistema productivo pueden conducirlo no solo al desempleo, sino también a la práctica de otras actividades que el “sistema” ofrece: delincuencia, prostitución, etcétera.

La deshumanización del sistema lleva al capitalista a comprar la fuerza de trabajo solo cuando la necesita y cuando advierte que ha agotado lo más provechoso de un trabajador, lo desecha y lo envía al desempleo sin tomarle ningún cuidado de su suerte final.

Actualmente, las fábricas modernas no requieren mano de obra de manera constante, pero la necesitan incesantemente y debe estar disponible en cualquier momento. Ésta es la causa por la que las familias del campo y las áreas urbanas constituyen los grandes reservorios de mano de obra barata y de reemplazo para las empresas fabriles y comerciales del sistema capitalista.

En la crisis que hoy vive el sistema capitalista, a los empresarios no les está yendo del todo bien porque además de la férrea competencia que sostienen entre sí, la mayoría de los consumidores pasa de largo ante el atractivo de las mercancías y las ofertas de barata.

La explicación a este fenómeno es solo una y es incuestionable: que los miserables salarios que se pagan por la fuerza de trabajo son ínfimos y dejan sin poder de compra a miles de millones de personas que ven a las mercancías como algo ajeno a ellos, pese a que han participado activamente en su creación, distribución o venta.

Es precisamente el mismo mercado el que pone en jaque al sistema capitalista al poseer toneladas de mercancías que no pueden ser compradas porque las grandes mayorías no tienen los ingresos necesarios para adquirirlas.