OPINIÓN

Las bombas de Trump

Brasil Acosta Peña
Doctor en economía por el Colegio de México (COOLMEX) con estancia en investigación en la Universidad de Princeton, fue catedrático en el Centro de Investigación y Docencia económica y articulista en la revista económica Trimestre Económico.

Hemos sido testigos de una medida contradictoria y unilateral de parte del gobierno de Estados Unidos (EE. UU.). En la prensa occidental, de la que no sabemos si dice la verdad y difunde los hechos sin prejuicios, se dijo que el régimen del presidente sirio Bashar al-Assad había usado armas químicas en contra de los llamados “rebeldes” y que este hecho había impulsado a EE. UU. a lanzar un bombardeo contra una base aérea en Siria. 

Sin embargo, otras versiones han dicho que el ejército sirio había lanzado un ataque contra un almacén de los yihadistas, también identificados con el llamado Estado Islámico (EI), en el que éstos almacenaban, según se dice, armas químicas y que, como efecto colateral, el bombardeo ocasionó la muerte de más de 70 personas.

Se sabe también que el presidente de Siria, Bashar al-Assad, electo democráticamente, ha sido respetuoso de los acuerdos internacionales y que con la intervención del gobierno ruso que actúa como garante y mediador en ese conflicto regional, ha instruido a que su ejército deseche las armas químicas que tenía en su poder.

Se sabe, por tanto, que quienes tienen armas químicas y están dispuestos a usarlas son los yihadistas, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), EE. UU. y aun los países que han respaldado a este grupo.

Con la llegada de Trump al poder en EE. UU., y por las duras críticas que previamente había hecho contra la política que el ex presidente Barack Obama y los demócratas habían seguido en Medio Oriente, podía concluirse que las cosas podrían cambiar en esta región del planeta.

Alguna vez, en uno de los debates rumbo a la elección presidencial, cuando se puso sobre la mesa el tema de Siria, Hilary Clinton dijo que Trump tenía una peligrosa cercanía con Vladimir Putin, el presidente de Rusia; Trump le contestó que Putin había sido más inteligente que ella (que fue Secretaria de Estado) en el manejo de la crisis de Siria. 

En otra ocasión, Trump dijo que acabaría con el Estado Islamico a pesar de la OTAN. Por eso llama la atención que a pocos días de haber declarado esto último, se lanzaran 59 misiles de largo alcance llamados Tomahawk, contra una base militar siria.

Se dice que no cayeron ahí los 59, sino solo 23 y no se tiene noticia de que hayan caído en otro lado o si fueron destruidos por los sistemas de defensa antimisiles de Rusia o Siria que están anclados en la región; por lo tanto, puede ser que la cifra de misiles aparentemente lanzados por el ejército de EE. UU. sea falsa.

Algo pasó: o se activaron los sistemas antimisiles, lo cual no ha sido confirmado por ls gobierno sirio, ruso o estadounidense; o los demás cayeron en otros blancos hasta ahora no confesados, o simplemente solo 23 misiles fueron lanzados, mientras que a la opinión pública se le engañó diciendo que fueron 59.

No conocemos la verdad con exactitud. Como sea que haya sido, lo cierto es que se reconoce la muerte de nueve personas a causa de ese ataque y que el costo de cada misil Tomahawk oscila entre 569 mil y un millón 450 mil dólares; es decir, que en el supuesto de que efectivamente hubieran sido lanzados los 59 misiles de los que se habla, y estimando en un millón de dólares el precio promedio de cada uno de esos cohetes, la operación ordenada por Trump habría costado al gobierno de EE. UU. –slo teniendo en cuenta el costo de los misiles– 59 millones de dólares; es decir, un equivalente a mil 180 millones de pesos, el presupuesto de Texcoco en todo un año, mientras que cada muerto costó 131 millones de pesos mexicanos.

Después de lanzarse contra el Estado Islámico, Donald Trump dijo que no iba a permitir que la gente siguiera sufriendo y que debían acabarse las muertes en Siria, a cuyo gobierno atribuye la violencia. Sin embargo, resulta curiosa esta política que postula que para acabar con la muerte hay que matar.

Las declaraciones actuales del gobierno estadounidense reiteran la intención estadounidense de acabar con el Estado Islámico y que después se atenderá el tema del gobierno de Siria. Si es así, no sabemos por qué Washington ataca una base militar del ejército de Siria.

Otra versión del asunto tiene que ver con la presencia del presidente de China, Xi Jinping, en territorio estadounidense, quien en el momento mismo en que se reunía con Trump en Florida se daba el lanzamiento de los misiles contra Siria, coincidencia en la que pudo presumirse la intención de hacer una demostración de fuerza y de amenazar claramente al gobierno chino en el sentido de que EE. UU. puede atacar de manera unilateral y en el momento que se le ocurra a la propia China si el gobierno de esta nación no pone orden en la región.

Es decir, el ataque fue, como decimos en español mexicano, un “estate quieto” en contra del presidente chino o, en otras palabras, un llamamiento para que Corea del Norte detenga su plan de desarrollo nuclear y, al propio tiempo, que China frene su proceso de formación de islas artificiales que le han ganado, con base en el derecho internacional, varias millas marítimas de mar territorial. 

Como quiera que haya sido, la condena internacional no se hizo esperar, pues hay tratados internacionales suscritos después de la Segunda Guerra Mundial, que impulsó el propio EE. UU. pero que ahora los “dueños del mundo” no respetan. Es una violación flagrante al derecho internacional y una demostración de fuerza.

Es evidente que a Washington no le conviene tener inútiles millones de dólares en armamento y que cualquier ocasión que se le presente es “buena” para utilizarlos. Inventan mecanismos para “justificar” lo injustificable y recuerdan la intervención a Irak, país al que acusaron de poseer armas de destrucción masiva, armas que los enviados de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) jamás encontraron.

Se trataba, pues, de un mero pretexto para destruir la región y apoderarse del petróleo, saquear las riquezas de aquel país y abrir mercado a las mercancías estadounidenses que no habían podido entrar en esa nación. La posición de Siria es geoestratégica y EE. UU. no quiere perder la partida frente a Rusia, que ha ido ganando terreno en esa parte del planeta.

Finalmente, dentro de todo lo grave que es el problema bélico, lo más reconfortante fue ver que en el interior de EE. UU. grupos estadounidenses salieron a las calles a manifestarse en contra de esta acción. Es una gota de agua dulce en el desierto del poderío estadounidense.

Recordemos que el gran triunfador de la guerra en Vietnam, además del heroico pueblo asiático, fueron los ciudadanos estadounidenses, quienes exigieron la terminación de esa guerra, pues querían de vuelta a sus hijos vivos y no muertos como los estaban recibiendo.

Ésta es la mayor lección. Si se quiere detener la arbitrariedad de los poderosos, la única arma que tienen los pueblos es su movilización y su lucha.

Así que en México nos debe servir de lección para que, en caso de que nos quieran involucrar en una guerra que no es nuestra, defendamos nuestro derecho mediante la organización y la lucha consciente.

¿Estamos ante los inicios de una tercera guerra mundial? No lo sabemos, pero antes de que ello suceda, lo único que puede detenerla son los pueblos unidos del mundo en torno a la idea de construir una sociedad que piense en la solidaridad humana y no en el afán de lucro y el egoísmo como hasta hoy.