PHILIAS

Desigualdad y desarrollo de capacidades en la edad temprana

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Pablo Bernardo Hernández Jaime

En las discusiones sobre educación y pobreza es un lugar común contraponer dos argumentos. Unos dicen que la pobreza influye y determina el acceso y el éxito educativo. Otros dicen que el acceso y el éxito educativo son los factores que permiten explicar la movilidad social, es decir, las oportunidades de “salir adelante.”

No hay que esforzarse mucho para notar que ambas posturas son las dos caras de una misma moneda. Ciertamente, las personas en condiciones de pobreza tendrán más dificultades para ingresar a la escuela y para terminar sus estudios.

Pero también es cierto que la educación puede ayudarlas a salir adelante. Sin embargo, ¿quiere esto decir que lo único que hace falta para que la gente salga de la pobreza es que tenga la voluntad de ponerse a estudiar?

Quizás antes haya que preguntarnos: ¿El éxito escolar depende solo de la voluntad o existen otros determinantes?
En sociología es bien conocido que en las familias pobres el ambiente cultural  es también pobre e inadecuado para el desarrollo idóneo de los niños y que este hecho los coloca en situación de desventaja con respecto a los niños que crecen en familias mejor acomodadas, donde los padres son profesionistas, van al teatro, escuchan música de distintos géneros, etc. Ejemplos podríamos poner muchos, pero la idea central es que donde hay mejores ingresos económicos suele haber ventajas para los estudiantes que crecen en esos ambientes.

Pero tratemos de dar un paso más lejos. ¿Cómo influyen las condiciones de pobreza en el desarrollo psicológico de los niños? Lo primero que cabe mencionar aquí es que todas las capacidades intelectuales de los seres humanos tienen un sustento material en el Sistema Nervioso (SN).

Sin dicho sistema no es posible la cognición en un individuo. Pero al mismo tiempo, ninguna persona viene al mundo con un SN previamente programado con todos los conocimientos y con todas las capacidades desarrolladas. Es el ambiente el que termina de moldear al cerebro (que dicho sea de paso sigue madurando morfológicamente hasta entrados los 20 años). 

Pero no solo es el ambiente en general, sino particularmente el ambiente social. ¿Y cómo es esto? Resulta, pues, que la estimulación de los sentidos ayuda a construir conexiones nuevas en el SN, lo que permite el desarrollo de algunas capacidades. Lo mismo ocurre con la estimulación del ambiente social que, a su vez, facilita el desarrollo de otro tipo de capacidades (como el lenguaje).

Y conforme esta estimulación se inicia en edades más tempranas, el desarrollo de dichas capacidades se facilita. Al menos eso indica la teoría y algunas investigaciones experimentales, como la que realizaron los psicólogos Burchinal, Campbell, Bryant, Wasik y Ramey, quienes trabajaron con 135 niños pertenecientes a familias de bajos recursos de una comunidad de África.

En la investigación, una parte de los niños recibió un programa de estimulación temprana. Los otros no. Y se siguió la pista de ambos grupos desde los seis meses a los ocho años.

Lo que encontraron fue que aquellos que habían recibido el programa de estimulación temprana presentaban en general mejores niveles de desempeño cognitivo que los que no la habían recibido. Esta investigación refuerza la idea antes dicha: la estimulación del ambiente social del niño no solamente le brinda ventajas externas, sino que favorece el desarrollo de sus capacidades cognitivas.

No es seguro que con base en una sola investigación podamos responder a todas las preguntas que surgen. Sin embargo, parece claro que las desventajas que produce la desigualdad social no solo yacen fuera de nosotros, sino que afectan el propio desarrollo de nuestras capacidades.

En este sentido, parece factible seguir sosteniendo la hipótesis de que la pobreza produce más pobreza a pesar de las relativas oportunidades educativas.

Si lo antes dicho es cierto, para combatir la pobreza sería preciso, por un lado, mejorar las condiciones económicas de las familias, pero también reformar el sistema educativo para que contribuya a subsanar efectivamente el rezago cultural que los niños aprehenden de su contexto y que continuaría siendo factor reproductor de las desigualdades.