REPORTAJE JALISCO

Lago de Chapala.
La ribera de la muerte

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Minerva Flores Torres

Abre tus brazos. Imagínate en el malecón de Chapala, Jalisco, el lago natural más grande de México.
A tu diestra se levanta Ajijic (la comunidad más cosmopolita y con el mayor número de estadounidenses en nuestro país) y bordea la zona lacustre con extensas fincas, luminosos bares y excéntricos restaurantes; así, hasta llegar al municipio de Jocotepec.

A la izquierda, de Mezcala a Chalpicote, los grandes cerros que se elevan sobre toda la margen del lago esconden en sus accidentadas y duras faldas pequeñas y antiguas localidades sumidas en la miseria, el hambre, las enfermedades y la muerte.

Allá, la vejez de los residentes extranjeros transcurre apaciblemente. Aquí, casi ninguno de los pobladores llega a viejo; aquí, los sobrevivientes a las más espantosas manifestaciones de la pobreza y la exclusión social se aferran todos los días a la vida; aquí se consumen silenciosamente los jaliscienses más necesitados.

Atrás quedaron las jacarandas en flor, los tabachines envainados y las  buganvilias multicolores que escoltaban con sus vivos tonos morado, naranja, rosa y rojo el camino de Jocotepec a Chapala, para no volverse a divisar más.

Las calles empedradas y pavimentadas con los materiales más modernos desaparecieron a unos kilómetros de haber dejado el Rinconcito de amor del muelle de Chapala.

Los cuatro carriles se convirtieron  en dos y luego en un angosto camino empedrado con dos largas tiras de asfalto que conducen por la ribera occidental del lago.

En algunos tramos, la vía se vuelve de terracería, por ella solo puede transitar un vehículo que debe hacer malabares para cederle el paso al que viene de frente.

Mezcala-La Cuesta-La Peña-San Pedro Itzicán-Agua Caliente-Chalpicote son las comunidades ribereñas del noreste; la ruta en donde en una de ellas un hombre ha logrado vivir hasta los 80 años de edad; hay seis de 70; tres de 60, y la mayoría muere a los 40 años o emigra.

Esta calle es la única existente para llegar a todas las comunidades, ninguna de las que desembocan en ella está pavimentada.

Sus insospechados altibajos ocasionan que en cualquier época del año sea difícil transitar. Transportes, peatones y animales tienen que andar lento y pausado para no rodar cuesta abajo.

En medio de la zozobra que provocan los caminos, los poncitlecos continúan su vida. Fijar la mirada en una vivienda de esta parte de la ribera es como verlas todas.

Chalpicote es el hogar de Concepción T., lo habitan 27 personas. Cuatro madres y tres padres de familia: Margarita Z. tiene una hija; Marcela S., cinco hijos; Alondra C., nueve, y Benita N., cinco. Su casa la configuran cuatro cuartos dispersos en un patio que desemboca en el lago.

Las reducidas viviendas miden tres metros cuadrados (m2), 28 veces menos m2 que los que una familia de cinco o seis habitantes necesita para vivir cómodamente.

A  cinco metros de la calle principal se erige la cocina que aprovecha la inclinación del terreno. Una pared es de tierra y las otras tres de piedra, la cubren lonas de plástico caladas por el sol y desvencijadas láminas de cartón.

El fogón está revocado con la ceniza de los leños quemados que contaminan el aire, mañana y tarde. La cantidad de partículas esparcidas al interior de los hogares equivale al humo que produciría cada integrante de la familia si fumase dos cajetillas de cigarros al día. Noventa y cinco por ciento de la población cocina con leña.

El único baño biodigestor tiene un límite de vida de seis meses si lo utilizan ocho personas, pero aquí es usado por todos. Desde hace cinco años no recibe el mantenimiento adecuado ni ha sido sustituido por ninguno de los 23 biodigestores que se debieron utilizar durante el periodo por las 27 personas.

Margarita Z. habita en un cuarto de concreto que es propiedad de uno de sus hijos que labora en Guadalajara; Marcela S. vive con sus niños y su marido en un “cuarto adicional” de triplay que hace 10 años le otorgó el Gobierno; Alondra C. habita en un cuarto mitad de piedras sobrepuestas y mitad de plásticos de campaña electoral junto con su marido e hijos, y Benita D. vive con su cónyuge y descendencia en un cuarto recién construido pero sin techo ni ventanas.

En el patio coinciden todos los días el baño, un ropero de madera, gallinas, perros, puercos, pollos, gatos y un burro; hay basura a cada paso y un montón de desperdicio se quema lentamente propagando su olor hacia todos lados. Metros más abajo se levantan huertos de chayote.

Aquí habitan niños con Síndrome de Down y tullidos que se arrastran sobre la tierra; entre cuatro paredes yacen postrados padres desempleados que hace meses no encuentran trabajo.

En Agua Caliente, donde viven en promedio ocho personas en cada una de las 126 viviendas, sólo 71 por ciento posee un sanitario o fosa séptica y en todos los hogares existe fauna nociva. Las jovencitas, recién salidas de la adolescencia, ya cargan consigo la responsabilidad de tres o cuatro hijos.

Martín S. y Gloria G. se unieron desde que ella tenía 14 años y él 17. A ellos se han sumado dos niños que caminan y gatean desnudos y sucios sobre la tierra. Su casa-cuarto está construido con piedras y los materiales que han venido recogiendo durante años se han convertido en su techo.

Una cama ocupa casi todo el espacio, una cuna cuelga, y frente a ambos, un televisor reproduce una película que ninguno ve, pero que los acompaña en sus quehaceres.

No tienen más muebles, sus escasas pertenencias penden de las piedras y del techo, cubierto de una gruesa capa de cochambre. Gloria dice que entra el frío, pero que ella y sus pequeños ya se acostumbraron.

En La Peña la situación se agrava. En las pocas casas de concreto de la comunidad, de menos de ocho m2, viven hacinadas dos o tres generaciones. La más joven con sus parejas e hijos.

La comunidad no tiene más de 99 viviendas. No existen cuartos ni casas nuevas en renta. Un pasillo se convierte en cocina, una esquina en sala y la taza del baño que improvisa un sanitario se encuentra sobre una fosa séptica que hace años está llena, desbordando y esparciendo su olor indiscriminadamente. Hace tiempo que no pasa la máquina a limpiarlo.

 La calle principal divide a las comunidades, pero las lluvias constantemente arrasan con sus improvisados hogares. Mientras dura el temporal, los que viven en la parte baja no pueden salir de sus casas (menos aún llegar a la carretera); se los impiden el lodo y el agua que corren a presión arrastrando basura y excremento hacia el lago.

La Cuesta y San Pedro Itzicán cuentan con drenaje desde hace 30 años, pero éste se ha convertido en una de sus tantas pesadillas.

La planta tratadora ya no se da abasto. Según los expertos, la obra fue mal construida. Cuando el lago de Chapala comenzó a desecarse aceleradamente, los cárcamos se construyeron muy pegados a la orilla; ahora que las aguas han llegado a su nivel máximo, la planta ha quedado pequeña, la inmundicia se desparrama, las tuberías, viejas y dañadas, contaminan el aire, y nadie está a gusto. Ninguna de las últimas adecuaciones ha sido suficiente.

En toda esta zona lo increíble tiene cifras. Ochenta y tres por ciento cuenta con excusado o fosa séptica, pero otros, ni eso.

En Chalpicote hay más televisores que baños, 43 por ciento de la población defeca en el cerro o al aire libre.

En Agua Caliente, con menos de mil habitantes, solo 59 por ciento tiene agua, que la mayoría de las veces sale caliente y de color verdeamarillo. A pesar de estar clorada y hervida por los lugareños, el color nunca desaparece; algunos pobladores se ven obligados a consumirla, pues la llegada de la pipa municipal no tiene fecha ni hora establecida para abastecerlos, ni ellos tienen dinero para comprar agua purificada.

Los ribereños atribuyen al agua la alta mortalidad infantil y juvenil por insuficiencia renal en los últimos años.
La región del lago es volcánica, las casas están desperdigadas y desde hace décadas no existe organización urbana. Ninguna administración ha invertido en la infraestructura de los servicios básicos desde los años 60 del siglo pasado.

En estas comunidades no se establece ni 0.1 por ciento de los foráneos.
A tan solo 64 kilómetros de la capital del estado, Guadalajara, ningún transporte público comunica a las localidades, ya no se diga por los municipios más cercanos; solo queda pedir un aventón, pagar un taxi o caminar, pues únicamente los ribereños exponen sus vehículos a esta pedregosa carretera.

En ningún lado hay botes de basura; no existe un parque o centro recreativo para niños o adultos; no hay lecherías ni carnicerías.

El tiempo transcurre entre cerros fértiles desaprovechados, tierra contaminada con metales pesados y agua sucia. El hermoso paisaje del lago y la sierra no causan ninguna impresión a los atribulados ribereños que en 2011 y 2013 fueron encuestados por empleados de la Secretaría de Desarrollo Social que ofreció brindarles un apoyo gubernamental, y solo llegó a unas cuantas personas.

Aquí, el lunes es igual a cualquier día de la semana, ninguno se distingue de otro… Bueno, el domingo resalta un poco porque  hay más borrachos en las calles.

“Las necesidades sobran y no tenemos solución de nada. En lugar de que las cosas se arreglen, se desarreglan más”, asegura con desesperanza la señora Hortensia R., poncitleca de nacimiento.

La mala calidad de vida en las comunidades de la ribera del lago, la zona de mayor marginación de Poncitlán y de la entidad, no es exclusiva de unos cuántos, no tiene nombre ni apellido porque todos son pobres.

Pobreza asfixiante
Pescar, sembrar, migrar o morir. No hay nada más en el occidente del Lago de Chapala.
A las cinco de la tarde del día anterior, como todos días en La Cuesta, la señora Micaela R. y su esposo Juan T. (ella de 60 años y él de 65) saldrían a tender su red de pesca, pero no lo hicieron. A lo lejos se divisaba en su lancha al inspector de la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentación (Sagarpa) aproximándose hacia la margen del lago.

Cuando este funcionario llega, las buenas redes, las de antaño (las que les permitían pescar con seguridad charales, mojarras, tilapias, bagres, peces blancos), y que ahora están prohibidas, desaparecen, se las lleva; quien desee recuperarlas debe pagar de 10 mil a 12 mil pesos.

La consigna oficial es preservar estas especies a costa de la vida de los ribereños. Y este inspector casi nunca falla. 

La arte de pesca autorizada es una red de enmalle de tres y un cuarto de pulgadas, en la que cabe perfectamente una mano pero se escabullen los delgados charales. Apenas alcanzan a quedarse atoradas en el hilo algunas flacas y pequeñas carpas y tilapias.

Los viejos pescadores tienen sus mañas y a veces se arriesgan. Esta vez la luna los favorecía. Desde la noche salieron a escondidas hacia la laguna y extendieron la vieja red junto a la autorizada por la Sagarpa.
A  las  cinco  de la mañana volvieron a embarcarse. Ambos, abrigados con una bolsa negra de plástico alrededor del tórax, improvisaban un impermeable. Micaela remó hasta las boyas (simples botellas de refresco), y ahora, en sentido contrario, avanzaban levantando la red, desatorando las presas.

A medida que se acercaban a tierra firme la cara de resignación era evidente; la pesca había sido mala, ningún charal, solamente 10 tilapias que no pasaban de los 15 centímetros.

En una familia de 17 integrantes, cuando la pesca no es buena o no hay dinero, alguien se queda sin comer… y esta vez fueron las niñas.

Aunque la fauna lacustre está contaminada, continúa siendo una fuente de empleo y alimentación para los ribereños.

Sobrevivir con menos de 10 pesos al día, o sin ellos, es la dolorosa hazaña de los descendientes de los indómitos indios de la ribera del Lago de Chapala. Sus ancestros vencieron al sanguinario ejército realista español de 1814 a 1816, se ganaron su respeto y lo obligaron a devolverles sus bienes y derechos civiles. Hoy poco o nada queda de eso.

En Mezcala-La Cuesta-La Peña-San Pedro Itzicán-Agua Caliente-Chalpicote, hay 1.5 mujeres por cada hombre y más niños que adultos.

Las familias de la ribera (de 8.3 integrantes aproximadamente) destinan en promedio a la alimentación familiar 62.23 pesos (menos de un salario mínimo) para calmar su hambre. Hay quienes durante días o semanas no tienen dinero ni qué comer.

En esta zona bendecida por el agua, los varones constituyen el mayor porcentaje de la población económicamente activa (PEA); todavía está fuertemente arraigada la idea de que ellos deben sostener a la familia. En muchos hogares, no obstante, la necesidad ha obligado a las mujeres a generar ingresos también y salir a trabajar.

Sin embargo, pocos son los hombres que obtienen trabajo y las mujeres, aun menos. La PEA de Poncitlán es de 49.03 por ciento, y la de los ribereños es de 25 por ciento; solo dos mil 41 de los 13 mil 119 habitantes en edad de trabajar tienen empleo.

En las comunidades ribereñas hay solo una mujer por cada cinco hombres empleados. Mezcala emplea una mujer por cada cuatro hombres; La Cuesta tiene 180 varones con empleo (41.10 por ciento) y solo 40 mujeres con ocupación (8.41 por ciento), es decir, por cada cinco hombres una mujer tiene trabajo; en La Peña, 15 mujeres tienen empleo (6.41 por ciento) y 98 hombres (48 por ciento); es decir, por cada siete hombres solamente una mujer tiene empleo.

San Pedro, la comunidad ribereña más poblada (cinco mil 199 habitantes) apenas tiene 955 hombres con ocupación (38.51 por ciento) y 350 mujeres (12.87 por ciento); Agua Caliente, 53 mujeres  y 196 hombres, por cada mujer hay cuatro hombres empleados; y Chalpicote, 20 mujeres (6.27 por ciento) y 138 hombres (45.72 por ciento), lo que equivale a siete hombres por cada mujer empleada.

Los ribereños comienzan a trabajar desde los 12 años, pero la mayoría no se emplea en sus comunidades, las fuentes de trabajo son muy escasas.

Los hombres que permanecen en sus lugares de origen son pescadores, cuya actividad es cada vez menos rentable.

Los padres de familia, de 18 a 30 años de edad, salen a trabajar a la capital y regresan cada fin de semana; otros solo pueden hacerlo una vez al mes. Su salario oscila entre los 600 y los mil 200 pesos, al que hay que descontar los aproximadamente 450 de pasaje redondo a Guadalajara.

Cuando ambos padres son empleados, los niños se quedan al cuidado de los abuelos, a quienes pocos menores les hacen caso.

Por las calles es común ver a los niños jugando con la tierra, desnudos, improvisando juguetes que nunca tendrán, apedreando casas o fumando mariguana.

El dinero de los padres migrantes es para sus hijos, pero nunca alcanza. La familia de la abuela Ana S. no tiene trabajo ni lancha para pescar. Un día de viento fuerte, el aire destapó el motor y lo descompuso. Recuperarlo le cuesta 16 mil pesos, cantidad que, asegura, ni viviendo otros 50 años lograría juntar.

La familias que aún conservan sus lanchas, pescan por lo regular charales, carpas o delgadas tilapias, que antes median entre 20 y 25 centímetros, y ahora apenas alcanzan los 15 centímetros, según el estudio sobre la pesca en el lago de Chapala de Carlos Ortiz Segura, del Centro de Investigación y Estudios Superiores en Antropología Social. Con esta cosecha apenas tienen para sobrevivir.

La mayoría de los habitantes pesca para vender, no para comer. Los “coyotes” (intermediarios) les compran el kilo a seis pesos y lo revenden entre 30 y 40, según su propia estimación. Entregan su pesca a los coyotes porque salir a vender cuesta caro. En noviembre de 2016, el litro de gasolina costaba 16 pesos y se les iba todo; si lo hicieran ahora quedarían endeudados. Apenas obtienen para comer, y para vestir de vez en cuando.

Martín S., joven padre de Chalpicote y pescador junto con sus seis hermanos, ha llegado a pescar de 120 a 130 kilogramos a la semana durante junio y julio, los mejores meses para capturar.

Los 750 pesos que obtienen en promedio se los dividirán entre él, sus hermanos y su padre, dueño de la lancha; ocho en total. Noventa y ocho pesos recibe cada uno cuando la captura es buena.

Pescan a remo porque el motor se descompuso. Martín S. dice resignado que probablemente nunca lo arregle. Con lo que obtiene suele comprar maíz, pastas, harina o frijol… lo que le alcance.

Aunque algunos habitantes han dejado de pescar porque han aparecido cadáveres en la laguna, otros continúan haciéndolo porque la pesca representa la  única forma de emplearse o de hacerse de recursos.

El lago ha perdido su encanto y pureza de antaño, está sucio y apesta. En su lecho desembocan los ríos Lerma, que viene del Estado de México, cruza Michoacán y Ocotlán (Jalisco); y el Santiago, que discurre por Nayarit y Jalisco.

Sus aguas y sus especies están “contaminadas por desechos de origen doméstico, industrial y agrícola que traen consigo los diversos aportes que llegan hasta él, y agoniza la pesca lacustre por sus prolongadas sequías”, señala el investigador Edwin Sours Renfrew, de El Colegio de Jalisco.

Cuando el agua baja de los ríos, la fuerza de la corriente levanta los lirios estacionados en la ciénaga y los arroja al lago convirtiéndolos en una plaga que impide la oxigenación del agua y los peces, que mueren. El lirio esparcido hermosearía las aguas del lago, de no ser el segundo responsable, después de la contaminación, de la muerte de los peces.

Los pescadores no son las únicas víctimas del “coyotaje”. Durante todo el año los ribereños cuidan esmeradamente las plantas de chayote, frijol y maíz que les dan de comer. En temporada buena pueden cosechar hasta cinco cajas de 24 kilogramos.

Pero el negocio fracasa cuando los coyotes pagan entre 30 y 40 pesos cada caja. Doscientos pesos que se esfumarán a media semana. Cuando no es temporada la pagan entre 400 y 500 pesos, pero el número de cajas es muy pequeño.

A veces el maíz es “tardón” y no crece. Enedino N., de Agua Caliente, vive con su esposa, su madre, su hermana y sus dos hijos; él explica que ese maíz solo sirve para el nixtamal. Por lo regular llega a juntar tres costales de 50 kilos que apenas le durarán dos meses.

Unos siembran en la montaña y otros en sus casas. Noventa y cinco por ciento de los habitantes de Agua Caliente utiliza agroquímicos sin el manejo adecuado. Para los ribereños la disyuntiva es clara: “o cuidas la planta o te cuidas tú, mejor la planta”.

Otros, consumidos en su propia miseria, afirman convencidos: “vivimos y morimos por la voluntad de Dios. No estamos pobres porque Dios nos ayuda aunque sea para comer. Pero no hay trabajo”.

Los jóvenes que abandonaron la escuela porque ya no había dinero para seguir estudiando, pronto se convirtieron en padres y ahora trabajan en Jocotepec pizcando mora, en Guadalajara o en Estados Unidos, porque en esta tierra no hay nada en qué emplearse ni que sea bien retribuido.

Los políticos que llegan a prometer bienestar y apoyos de programas federales, nunca vuelven. No recuerdan sus nombres: “solo que tenían cara de diputados”.

El presidente municipal, Juan Carlos Montes, prometió convertir la capilla de San Pedro Itzicán en iglesia, pero no ha vuelto.

“El delegado de San Pedro dice que estamos bien, que los 50 millones que le tocan al municipio no los necesita. ¿Qué hará con el dinero? Pues a su bolsa, al cabo que uno no ve nada”, todos recuerdan la anécdota y casi todos los entrevistados por buzos la comparten como si la dijeran a coro.

Aquí no hay a dónde pasear, aunque algunos se atreven a nadar en las aguas contaminadas del lago. Las únicas salidas de los hogares son a misa porque el sacerdote siempre los conmina.

La resignación de las muchas madres ribereñas es clara: “¿para qué estudian si de todos modos se van ir a la mora?”, afirma la vecina de la señora Hortensia, de La Cuesta.

“Aquí somos pobres –dice Dolores P. de San Pedro, cuya familia ha dejado de comer durante varios días por falta de ingresos–, pero allá en Chalpicote las cosas están peor. ¡Ay, no, de veras ahí sí duele nada más de verlos”.

A esta altura del Lago de Chapala no se mira ningún extranjero, aquí ninguna casa se ha convertido en lugar de descanso ni de retiro de estadounidenses, canadienses ni europeos. Solo cerros y más cerros se levantan escondiendo la pobreza.

El bajo nivel socioeconómico no es lo único que predomina en esta parte de la ribera, el hambre y las enfermedades se han instalado en los hogares y comienzan a hacer estragos.