REPORTAJE INTERNACIONAL

Rusia - EE. UU. actores distantes
en la geometría del poder global

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Nydia Egremy

Tras la caída de la Unión Soviética, su heredera, la Federación de Rusia, consideró posible lograr mayor cooperación y consensos con Estados Unidos (EE. UU.) en la gestión de los nuevos desafíos mundiales.

Pero no fue así en los pasados 25 años, ni se atisba mejoría en el corto plazo, por el renovado macartismo de la clase política de la superpotencia. Hoy las élites imperiales buscan evitar toda cercanía con Moscú, incluido el propio Donald Trump, supuesto empresario afín al Kremlin.

Y mientras EE. UU. decide aislarse, Rusia se perfila como un Estado cada vez más influyente y activo en el mundo. Si México entiende el trasfondo de esa ecuación, podrá ampliar sus alternativas de política exterior.

Se dice que en 1939 el primer ministro británico Winston Churchill dijo a propósito de Rusia: “Es un jeroglífico envuelto de misterio en el seno de un enigma”. Esa expresión aludía a la incomprensión, desde Occidente, de la naturaleza rusa y del sistema soviético de entonces.

A 78 años de esa frase, ya no existe la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y su heredera, la Federación de Rusia, es una economía de mercado abierta aunque nacionalista. En contraste, EE. UU. ha perdido su hegemonía global y vive su mayor división social desde los años 60.

Tal como en la Guerra Fría, hoy las élites políticas, financieras y económicas de EE. UU. mantienen una relación de sospecha, fricción y abierta desconfianza hacia Rusia.

Y aunque todo parecía anunciar que el nuevo mandatario estadounidense, Donald Trump, favorecería la distensión entre ambos Estados, los poderes fácticos han orillado al magnate a enfrentar un clima de roces y escándalos de incierto futuro.

La actual escalada de acusaciones por la supuesta intrusión política de Rusia en la elección presidencial, confirma que la visión geopolítica de la Casa Blanca y el Kremlin trasciende la relación de sus respectivos titulares del Poder Ejecutivo.

En contraste, la Rusia que preside Vladimir Putin, retornó hace 15 años a la escena internacional como actor respetado y confiable, cuya política exterior defiende sus intereses nacionales y mantiene presencia activa y protagónica en los asuntos internacionales globales.

A partir de inéditos pactos energéticos, relanzó su relación con China, con la que construye el llamado Nuevo Siglo Euroasiático. Y mientras se proyecta en el Mediterráneo y Europa, Moscú intensifica sus vínculos con América Latina y África.

No obstante, desde 2001 el Kremlin ha seguido la premisa de evitar confrontaciones con Occidente, en particular con EE. UU., con el que mostró su intención de mejorar la relación. Gesto significativo fue la aceptación rusa al ingreso del Pentágono al espacio geopolítico postsoviético en Asia Central y el Cáucaso (con bases militares) o con la ampliación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en los países bálticos, apunta el investigador del Tecnológico de Monterrey Pablo Telman Sánchez Ramírez.

Pero mientras Rusia actuaba en ese sentido, EE. UU. mantenía su recelo y sus críticas a la política interna y externa del Kremlin. Para evitar la recuperación de su antagonista y preservar su supremacía global, Washington mantuvo la política de poder de la “guerra fría” y reforzó su política de contención, para atraer a los países postsoviéticos hacia su esfera de influencia.

A la vez, escatimó gestos favorables hacia el gobierno ruso, apunta el politólogo Alberto Hutschenreuter. Las sanciones que Obama impuso en 2014 a su socio en la guerra contra el terror por la supuesta “anexión” de Crimea, se sumaron a la reticencia occidental a la intervención rusa en Siria.

Exaltado macartismo
El ascendente protagonismo ruso ha desatado la crispación de ánimos en la superpotencia, pues nunca como hoy se había visto una confrontación tan directa contra Rusia en el jefe de Estado de EE. UU., la comunidad de inteligencia y las élites radicales corporativas (incluidos medios de comunicación).

Tal antagonismo revela que los estadounidenses “se enfrentan a una especie de guerra civil híbrida”, dice el geopolitólogo de la Escuela Superior de Economía de Rusia, Timofei Bordachiov.

En esa guerra híbrida destaca el uso faccioso de los servicios de inteligencia, que concluyeron que Moscú hackeó los correos electrónicos de Hillary Clinton y los filtró a WikiLeaks. Al negar los hechos, Trump acusó a la comunidad de inteligencia de “divulgar información falsa y politizar su misión”.

A su vez, el Kremlin buscó desmontar la campaña de noticias falsas en su contra y creó una sección en el portal del Ministerio de Exteriores ruso, con ejemplos de filtraciones de fuentes no confiables y distorsiones varias, anunció la vocera de la cancillería, María Zajárova.

Sin embargo, la batalla por el control interno de EE. UU., y el uso de la imagen de Rusia como renovado fantasma del “mal”, ha vertido en la creación de un ciclo perverso de acusaciones del más puro estilo macartista. Solamente la primera quincena de marzo, legisladores, personajes del gabinete y de la diplomacia, fueron cuestionados por aspectos banales.

Uno de ellos fue el fiscal Jeff Sessions, cuya red de contactos fue filtrada al diario The Washington Post. Ahí se supo que cuando Sessions era miembro del Comité de Servicios Armados del Senado, conversó al término de un discurso con el embajador ruso, Serguei Kislyak, con quien volvió a platicar en septiembre, cuando WikiLeaks publicó los correos de miembros de la campaña de Hillary Clinton.

Aunque como senador en 2016 Sessions conversó con unos 25 embajadores de naciones como Japón, Reino Unido, Polonia, India, China, Alemania y Canadá, debió apartarse de la investigación del Departamento de Justicia (DJ) sobre la supuesta injerencia rusa en los comicios, presionado por congresistas demócratas y republicanos. La acometida alcanzó al asesor y yerno de Trump, Ashton Kurchner, quien también se reunió con el embajador Kislyak en la Torre Trump, cuando políticos, celebridades y embajadores felicitaron al presidente electo.

Al respecto, el canciller ruso Serguéi Lavrov afirmó que el escándalo Sessions “se parece mucho a una caza de brujas o a los tiempos del macartismo”, y reiteró que es práctica diplomática que los embajadores mantengan relaciones con todos los actores de los Estados.

En un contra-ataque, Donald Trump pidió investigar los nexos con Rusia del líder demócrata en el Senado, Chuck Schumer, cuya foto con el mandatario ruso mostró Trump en un twitter.

El próximo capítulo será el 20 de marzo, cuando el Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes realice su primera audiencia pública sobre la supuesta interferencia rusa en las elecciones de 2016. Como testigos acudirán el director de la Oficina Federal de Investigación (FBI), el exdirector de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), John Brennan y el exdirector de Inteligencia Nacional (IN), James Clapper.

Futuro y retos de Putin
Del otro lado del Pacífico, los analistas intentan descifrar si el presidente ruso Vladimir Putin se postulará como candidato en las elecciones de 2018. Él podría ganar a cualquier candidato, pues tiene el más alto nivel de aprobación en la historia de Rusia y llegaría a un cuarto mandato, aunque no aspira a perpetuarse en el poder.

El presidente ruso, convertido en los últimos meses en blanco principal de ataque por Occidente, avanza pragmático en su agenda de este año.

En el interior, Putin busca mejorar la economía al aumentar la creación de infraestructura financiada por el Estado y modernizar el marco legal para las pequeñas y medianas empresas.

Se centrará en mejorar el dañado Estado de bienestar, los servicios de salud y educación. Abatir la corrupción es otro de sus retos, pues la prensa extranjera insiste en que el Kremlin debe combatirla, incluso en el círculo íntimo del mandatario. Pese a ello, la prensa de Occidente silenció el inédito arresto del ministro de Desarrollo Económico, Alexei Ulikáiev.

El avance de grupos ultranacionalistas y la injerencia extranjera, son amenazas serias, de ahí que los expertos estimen que en esta fase de su gobierno, Putin seguirá manteniéndolos bajo control.

Ante la prensa, el jefe de Estado subrayó que su administración no prohibe la libre expresión de ideas, aunque aclaró que “no se tolerará la violación de la ley” en un mensaje dirigido a organizaciones no gubernamentales, patrocinadas desde el extranjero para realizar actividades políticas no permitidas y atacar museos y galerías.

En el frente exterior su prioridad es normalizar las relaciones con la Unión Europea (UE) y EE. UU. para suavizar las sanciones. Un eventual triunfo del candidato conservador François Fillon a la presidencia de Francia allanaría también el panorama a Putin, estima el analista de Harvard, Simon Saradzhyán.

No obstante, también buscará mantener a Georgia y Ucrania fuera de la OTAN, pues esa posibilidad amenaza el espacio postsoviético que sigue siendo una zona de intereses espaciales de Rusia, explica Saradzhyán.

Lo que no destacan los analistas occidentales es que Putin es tan pragmático que haría sacrificios para lograr esos objetivos y, a la par, mantener su rol de líder regional y actor indispensable del orden global, junto con EE. UU. y China.

El gran temor de los estrategas rusos es que los radicales detrás de Donald Trump desaten más conflictos en Ucrania o el mar Meridional de China, lo que los obligaría a tomar decisiones muy serias. Por eso el experto Konstantin Kalachev estima que, de reelegirse Putin, su política sería cauta (centrista, que impulse el crecimiento económico) en preparación para una transición política.

Es paradójico que hoy, en medio de la “guerra híbrida” en el interior de EE. UU. donde Rusia es el “enemigo útil” y en el clima previo a las elecciones presidenciales rusas de 2018, sea casi inconcebible pensar en un acercamiento entre Moscú y Washington para –por ejemplo– levantar las sanciones antirrusas.

Por eso Rusia aún suscita incógnitas en torno al futuro de sus problemas estructurales –a 25 años del colapso de la URSS– y por la actual crisis económica tras la baja en el precio del petróleo, señala el analista Pablo Telman.