CULTURA

La necesaria unidad de las vanguardias

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Vania Mejía

En 1968, Adolfo Sánchez Vázquez escribió un artículo titulado Vanguardia artística y vanguardia política. Al abordar este tema partía de la disociación de ambas vanguardias, un problema que hasta hoy no hemos logrado subsanar.  

Al pensar en la historia del hombre vienen a la mente todos los elementos que han permitido su supervivencia a través de los años. En algún momento, el australopithecus dejó de serlo para convertirse en hombre; por una necesidad de supervivencia, los primeros hombres se organizaron y trabajaron para sí; satisfechas las necesidades inmediatas, apareció el excedente y un sector de la sociedad se erigió en dueño y señor. Llegó la división de clases.

El desarrollo económico del hombre corrió a la par que su desarrollo ideológico; el arte se inserta en este último. En los albores del arte la intención primera fue la comunicación, pero con la aparición de la propiedad privada y el desarrollo de la división del trabajo, se pudo dar paso al surgimiento de un grupo dedicado a las cuestiones artísticas ya no solo para comunicarse, sino para la elevación del espíritu mismo.

El movimiento artístico responde con frecuencia a las necesidades de cada época. Pero una vez que tal movimiento comienza su declive surge otro con nuevos bríos, uno que trae consigo innovaciones que resultan una clara ruptura con las formas precedentes; estamos hablando de la vanguardia artística.

La vanguardia es inherente al desarrollo del arte. Pero Adolfo Sánchez Vásquez señala una clara diferencia entre el pasado y el presente: la radicalización de la ruptura y la innovación y el empeño por teorizar sobre el mismo hecho. Al surgir como oposición al orden estético dominante se convierte en el blanco de un enemigo: la clase dominante. Es así como la burguesía sale al ataque y señala con dedo inquisidor la protesta artística; la respuesta de ésta no ha sido la esperada ya que se ha detenido en el punto en que comienza la protesta efectiva: la “revolucionaria”.

¿Qué tendría que hacer la vanguardia artística? Sánchez Vásquez da una respuesta que todos aquellos que se consideren artistas deberían atender: acercarse a la vanguardia política. Como vanguardia política debemos comprender a “aquella que dirige la lucha por la transformación radical de la sociedad”.

A pesar de que el arte es un arma poderosa de transformación del individuo, la realidad ha mostrado que no es capaz de lograr una revolución social, un cambio estructural. De ahí que la burguesía ya no lo rechace, sino que ahora lo promueve: el arte de vanguardia es el arte dominante. Con esto la burguesía sale ganando, puesto que ha logrado impedir la comunión entre vanguardia artística y vanguardia política.

En los días que corren se habla de un arte posmoderno que pretende romper con los viejos cánones establecidos, que busca innovar (hasta rayar en lo absurdo) y erigirse como el arte dominante de nuestra sociedad, pero que sigue sin unirse a la vanguardia política y, en consecuencia, aunque su labor se diga revolucionaria, no hace sino servir a los intereses burgueses.

Una de las consecuencias de esta postura ha sido el distanciamiento entre el arte y un amplio sector popular, distanciamiento de graves dimensiones que afecta desde su esencia el quehacer artístico, puesto que éste surgió con el hombre mismo.

No se trata del rechazo a la vanguardia artística, sino de una enérgica protesta a su pasividad o, si se prefiere, a su actividad mal encaminada. Aunque en la forma pretenda ser un arte revolucionario, en su esencia, en su contenido, no alcanza esta categoría. Pero no todo está perdido: hay esfuerzos importantes para lograr tal unión y alcanzar un futuro mejor; para ellos el más sincero reconocimiento.