LA BRÚJULA

Vida de pobres vs vida de ricos

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Capitán Nemo

En días pasados, a raíz de la muerte del dueño de la empresa Bimbo, Lorenzo Servitje Sendra, quien a la sazón tenía 98 años de edad y había logrado acumular una fortuna de cuatro mil millones de dólares, fue inevitable plantearme una pregunta que seguramente muchos mexicanos se hicieron: ¿cómo es posible que un solo hombre se haga inmensamente rico en un país como el nuestro, que desborda en número de pobres y en todas las variables de pobreza que existen en el mundo?

Estudios recientes de la OXFAM señalan que en México la desigualdad es cada vez mayor y que mientras un pequeño grupo social se hace cada vez más rico, la inmensa mayoría de la población se hace más pobre.

La economía mexicana está estancada desde hace tres décadas y esta inmovilidad provoca que para las pobres resulte prácticamente imposible salir de la pobreza –que se hereda de padres a hijos–; que las familias ricas, además de ser las mismas, sean cada vez más ricas y que la desigualdad se dé en todos los frentes de la vida nacional: alimentación, vivienda, educación y vida íntima o individual. 

La razón por la que el señor Servitje vivió casi un siglo estuvo en el hecho de que, sin duda, contó con una calidad de vida de excepción o al menos con todos los servicios necesarios para que su desarrollo físico y sanitario fuera satisfactorio, independientemente de que haya sido adicto o no a lujos o privilegios propios de su extrema riqueza.

Por ello no fue casual que el dueño de la Bimbo rebasara la edad promedio de vida de los multimillonarios del mundo, que oscila entre los 93 y 97 años, y que superara con más de 20 años el promedio de vida del resto de los trabajadores del país.

En contraste con la calidad de vida de los mexicanos que forman parte de la clase social en el poder, la de los trabajadores se ha deteriorado a niveles insospechados desde los años 80 del siglo anterior y este año amenaza con empeorar mucho más a causa del alza generalizada en los bienes y servicios básicos del país, que ha alcanzado tan solo en lo que va del año un nivel de inflación de casi el cinco por ciento, cifra en la que está prorrateado el 20 por ciento de incremento en los precios de los productos alimenticios de mayor consumo entre los mexicanos.

En 2016, la Canasta Alimenticia Recomendable (CAR), que agrupa 40 alimentos para la ingesta diaria y básica de dos adultos y dos menores de edad, costaba 218.06 pesos, cifra monetaria inaccesible para los 14 millones de los trabajadores que ganan de uno a dos salarios mínimos –es decir, entre 80 y 160 pesos diarios- la mayoría de los cuales solo podían adquirir el 33 por ciento de esos productos y jamás, por supuesto, el 100 por ciento de la misma. ¡Y qué decir de dos millones de mexicanos que no tienen empleo; de los más de tres millones que trabajan y no reciben salario y de los siete millones que reciben menos de un salario mínimo!

Por ello en el país, según estimaciones de algunas instituciones del Estado, entre ellas el poco confiable Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), hay 37 millones de mexicanos, muchos de ellos jefes de familia,  que no pueden ejercer su derecho a la alimentación pese a que esta garantía figura en la Carta Magna desde 2011, y quienes para apagar el hambre de sus familias tienen que consumir productos de la más baja calidad y de nula capacidad nutritiva, pues en sus hogares no se consume la carne ni otros alimentos recomendables.

La mala alimentación tiene múltiples consecuencias en los trabajadores: en su productividad laboral; en su salud, pues se hayan expuestos a continuas enfermedades de todo tipo, incluidas las mortales que acechan a los pobres; en sus edades productivas y también en la estabilidad social y sanitaria de sus familias, pues en muchos casos las esposas tienen que buscar trabajo fuera del hogar, en perjuicio de la atención de sus hijos, quienes comúnmente deben abandonar sus estudios para ponerse también a laborar,  migrar,  vagar o realizar actividades inadecuadas.
Los bajos ingresos son los principales causantes de que muchos hogares en el país anden a la deriva y de que, asimismo, crezcan las actividades delictivas.

En su célebre novela Los miserables, Víctor Hugo decía: “si un hombre en la miseria que lo oprime cada día hasta llevarlo a la inanición se ve obligado a robar un pedazo de pan, ¿de quién es la culpa? ¿Del pobre hombre o de los que lo han llevado a tal grado de desesperación?”

Por ello en un ambiente de miseria y pobreza extrema, el hombre no solo degenera físicamente, sino también espiritualmente, ya que, si carece de la instrucción adecuada, las penas, las privaciones y la amargura pueden inducirlo a acciones desesperadas.

Es decir, los salarios viles y las condiciones de trabajo que muchos trabajadores en México enfrentan cotidianamente en las ciudades y el campo, y las humillaciones y ambulaciones a que igualmente se ven sometidos centenares de miles de desempleados, propician no solo que muchos de ellos se entreguen a todo tipo de vicios y actividades ilícitas, sino que además se vuelvan agresivos y criminales, ya que estas reacciones pudieran parecerles naturales o normales frente al nivel de aplastamiento que les impone la terrible realidad socioeconómica de México.

En contraste con el México de los pobres, integrado por decenas de millones de personas que carecen de la mayoría de los satisfactores más elementales –según Julio Boltvinik son 100 millones– el  México de los ricos, según la revista estadounidense Forbes, está configurado por un grupo de diez familias multimillonarias entre las que la menos rica, cuenta con dos mil millones de dólares, en tanto que la más próspera tiene un capital de 72 mil millones de dólares y figura entre las familias más ricas del mundo.

Un mexicano pobre difícilmente puede imaginar tanto dinero junto y menos aún suponer lo que los mexicanos ricos son capaces de hacer con sus “excedentes”. Estos hombres tienen gustos extravagantes y muy caros, colecciones de automóviles de lujo, residencias que son verdaderos palacios, yates; viajan continuamente a cualquier parte del mundo y en una sola comida de restaurante gastan lo que un obrero de salario mínimo gana en un año.

Obviamente todos estos gastos los hacen sin preocuparse por “contar dinero frente a los pobres”, ya que para ellos no existen los problemas de seguridad personal, porque el “sistema” los protege contra todo.