OPINIÓN

Ciencia y progreso social

Abel Pérez Zamorano
Doctor en Desarrollo Económico por la London School of Economics, miembro del Sistema Nacional de Investigadores y profesor-investigador en la División de Ciencias Económico-administrativas de la Universidad Autónoma Chapingo.

El sistema educativo está concebido para enseñar a los jóvenes a insertarse en el aparato económico y político actual en busca de provecho personal, no para cambiar la realidad existente, asumiendo que otra forma de organización social es posible; prepara a los profesionistas para ser “realistas” y saber “acomodarse”; para “venderse” y ser alquilados por las empresas o el gobierno.

De esta forma se divorcia la ciencia de la ética y el humanismo y se promueve la competencia como virtud suprema, clave del éxito, para vencer y desplazar a otros, lo cual demanda profesionistas que vivan para sí mismos, ajenos al interés social, que tasen cada acción en pesos y centavos, en términos de comodidad y provecho personales.

Con este fin, en las universidades, a los jóvenes de origen humilde se les desclasa, haciéndoles renunciar a sus raíces, como según los antiguos griegos ocurría a quienes bebían las aguas del Leteo: olvidaban todo sobre su vida pasada.

El sistema educativo provoca ese efecto amnésico, haciendo que jóvenes de origen pobre, habiendo dominado la ciencia, no la pongan al servicio de su clase, pues han perdido su sentido de pertenencia a ésta, aprendiendo en cambio a imitar y servir a las clases altas.

Pero este fenómeno no es producto solo de prédicas y manipulación ideológica. Es expresión de una realidad objetiva: relaciones sociales basadas en la competencia, condición en la cual el éxito de unos conlleva el fracaso de los otros; donde quien no aplasta será aplastado.

Esa relación objetiva es el ambiente económico y social en que germina la idea egoísta, que antepone el interés personal sobre toda otra consideración, y en esa lógica quedan atrapados los jóvenes, como en una telaraña, en una disyuntiva de hierro que descarta la posibilidad de otra alternativa, como sería la creación de una sociedad que no sea de explotación.

Es el ambiente en que florece también otro rasgo peculiar de la ideología dominante, la ambición por el dinero fácil, al costo que sea.

Para justificar la subyugación y envilecimiento de la ciencia se aduce que todos necesitamos sostener a nuestras familias, trabajar y emplearnos, pero de ninguna manera se desprende de ahí la necesidad de renunciar a tener ideas y principios.

Un hombre sin ideas está vacío, reducido a lo puramente vegetativo, a cumplir el ciclo biológico de nacer, crecer, reproducirse y morir; a procrear hijos y verlos crecer.

Ciertamente, tener principios y defenderlos exige valentía, pues desde que existen clases sociales, defender la verdad entraña peligros, de ahí que para muchos sea más cómodo renunciar a tener ideas o abjurar de ellas; así se evitan problemas y sobresaltos.

Mas al hacerlo renuncian a la cualidad más humana del hombre, su capacidad de pensar, de tener opiniones libres, y de paso a la dignidad, todo en aras de la simple pitanza.

Pensar en sí mismo no es censurable, el problema es pensar sólo en sí mismo, o si acaso consideramos a los demás, anteponer invariablemente el interés propio sobre el social.

Pero esta visión egoísta conduce a una utopía: buscar solución a los problemas de cada familia o individuo concibiéndolos como casos aislados, renunciando a la búsqueda del bienestar social, contraponiendo ambos, en lugar de resolver los problemas individuales y familiares por la vía de atender la situación general, que es su causa.

Es quimérico buscar solución a problemas sociales, resolviendo aisladamente cada caso; por ejemplo la pobreza, el alcoholismo, las familias desintegradas, la violencia intrafamiliar, etc. Para los pobres sólo es factible la solución de conjunto; por su debilidad está cancelada la vía individual aislada.

Por eso debe inculcarse en los jóvenes de extracción humilde el sentido de pertenencia a su clase y la necesidad de organizarse y actuar colectivamente, pues sólo así podrán entender y sentir la necesidad de usar el conocimiento como instrumento de cambio, y no, como ahora es: un medio de sometimiento y extracción de ganancia para unos cuantos.

La historia enseña que la fusión de la ciencia y la fuerza de la sociedad organizada genera progreso, que la filosofía es arma espiritual de los pueblos, y éstos, encarnación y forma de actuar de la primera.

Los filósofos solos no pueden cambiar el mundo, pues el pensamiento puro no transforma realidades: son necesarias acciones políticas prácticas, pero científicamente guiadas.

El conocimiento como fin en sí mismo tiene efectos de satisfacción personal, su parte hedónica, el placer de desentrañar problemas complejos y dominar teorías abstrusas, pero si queda encerrado en la cabeza del científico, será estéril.

El hombre es, por definición, transformador; modifica su realidad para beneficiarse de ella, aunque hasta hoy le ha resultado más fácil transformar la naturaleza que la sociedad.

Puede construir presas gigantescas, puentes impresionantes, viajar al espacio, pero le resulta más difícil entender las relaciones sociales y transformarlas.

La causa de esa dificultad relativa radica en los intereses de clase que interfieren con el conocimiento llano de las cosas, e intencionalmente perturban y confunden, sumiendo a la ciencia social en perpetua polémica.

Ante tal confusión creada, hay quienes caen en el agnosticismo y la renuncia a entender las leyes del desarrollo social; pero la sociedad no puede permitirse sucumbir a tal confusión, pues necesita desentrañar el enredo teórico para ascender a nuevos estadios de desarrollo social.

Recuérdese que grandes cambios históricos, cuando las sociedades han madurado, han tenido como antecedente un despertar intelectual de los pueblos, como ocurrió con la Ilustración francesa, preludio intelectual de la Gran Revolución de 1789.

En fin, los jóvenes de extracción humilde, en lugar de aplicar su conocimiento para la superación de su clase toda, y con ella la de su propia familia, procuran el progreso individual buscando quién los utilice como mano de obra calificada.

Para que esto cambie es necesaria una educación crítica, que les enseñe a conocer la problemática social, a ubicarse en ella y proponer soluciones; al pueblo trabajador no le conviene una ciencia apologética, que maquille la realidad, sino una que la investigue con rigor, descubra las leyes del cambio y las aplique.