CULTURA

Espacio y tiempo:
cosmología mesoamericana

/facebook @twitter
Marco Antonio Aquiáhuatl

Es concluyente, a estas alturas de los descubrimientos antropológicos y arqueológicos, que la concepción filosófica de los mexicas y en general de los pueblos mesoamericanos era de dualidad y movimiento. “Una visión del mundo que conjugaba revoluciones de los astros y los ritmos de la naturaleza en una suerte de danza del universo”.

Y no simple movimiento, sino movimiento emanado de la contradicción, de la lucha, como expresión de la guerra cósmica.

Entre los mexicas existía una especulación cosmológica donde se privilegiaba al tiempo, impresionante por la concepción que tenían del cambio como desastre que genera nuevas etapas. La leyenda de los cinco soles, donde se explica el nacimiento del mundo a partir de la destrucción de los otros cuatro, “parece señalar no sólo una idea de evolución, sino de progreso”.

Parece confirmarlo el arte arquitectónico precolombino. Paul Westheim apuntó la importancia de la greca escalonada, acaso una estilización de la serpiente (símbolo de metamorfosis), como signo de movimiento: la naturaleza que renace todos los días.

El movimiento es la vida perenne del tiempo, de ahí que la greca escalonada sea la escalera de la pirámide y ésta se presente como el tiempo hecho geometría.

Así lo revela en Tajín, la Pirámide de los Nichos: tiene 364 de éstos, más uno oculto, el 365: los mismos días que el año solar. Lo mismo encontramos en la pirámide de Tenayuca que tiene 52 cabezas de serpiente: los 52 años del siglo azteca.

Evidente es también este simbolismo en Teotihuacán, donde la pirámide consagrada a Quetzalcóatl ostenta 364 fauces de serpiente. Esa repetición de los símbolos no constituye una simple obsesión por medir el tiempo; se trata de una concepción del mundo en movimiento: el universo es tiempo, mutación imperecedera.

El arte mesoamericano posee una lógica que imita al mundo en movimiento; el universo no es algo estático, las cosas “van siendo”. Para el artista maya o zapoteca, el espacio fluye, el espacio fluye, y esto es lo que se representa en cada monolito. La piedra es una metáfora del tiempo, es algo material y aparentemente inmóvil, pero habla de un mundo que no lo es.

El hombre también es un símbolo que el universo diseña y borra. Nezahualcóyotl, consciente de ello, se angustia: “El Dador de Vida escribe con flores”. Sus cantos sombrean y colorean a los que han de vivir: “solamente en tu pintura vivimos aquí en la tierra”.

La vida le parece a Nezahualcóyotl semejante a los libros pintados y el Dador de Vida actúa con los hombres como el tlacuilo que pinta las figuras para darles vida. Pero los hombres, también, son consumidos por el tiempo: “Como una pintura / nos iremos borrando / como una flor / hemos de secarnos / sobre la tierra / cual ropaje de plumas…”.

Imposible escapar del tiempo, que es el universo mismo; concepción dialéctica que ya había aparecido en la India y en Egipto.

No podemos atribuirle al azar esta coincidencia. En estas culturas la lucha de clases no ha llegado a su punto más alto, por lo tanto, no es subversivo hablar del cambio; lo será cuando el antagonismo sea más agudo.

De cualquier modo, es interesante saber que en la cultura prehispánica pensar al mundo era un acto constante y lleno de significado, aunque bajo un ropaje místico y religioso.

Aun así, ¿cómo justificar los calificativos de primitivos y bárbaros, cuando la intuición filosófica de estos pueblos era más progresista que la de algunos profesionales del pensar postmoderno?